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5 de abril de 2016

La curva (leyenda)

¡Oh, viejo amigo! Qué tristeza me da verte así, Eusebio. No me has reconocido; en treinta años he cambiado mucho; sin embargo tú estás igual, como el día de tu entierro. Sé que me quedan pocos segundos de vida, pronto estaré en el fondo del acantilado. Es una pena que hayas sido tú el culpable de todo, sin saberlo, claro. Tus intenciones eran buenas, siempre lo fueron estando vivo y veo que lo siguen siendo; y yo, que podría remediarlo todo, explicarlo todo, me encuentro volando hacia una muerte segura, lleno de impotencia, la misma impotencia que vi en tus ojos hace unos instantes. Aunque ya no importa; llegué demasiado tarde. Había olvidado lo hermosas que son las noches aquí, lejos de la ciudad, en el desierto...


Cuenta la leyenda que cuando la carretera todavía atravesaba el desierto, había una curva que bordeaba un escarpado donde perdieron la vida innumerables personas. El barranco era tan profundo que resultaba imposible sacar los cuerpos. Dicen que el padre de una chica que pereció en el precipicio, desesperado, intentó bajar por el cadáver de su hija para darle cristiana sepultura; pero nunca regresó. Jamás se han visto tantas cruces juntas en las faldas de un cerro.

Cuando se anunció la construcción de dicha carretera —que comunicaría el pequeño poblado con la costa—, fueron muchos los lugareños que se ofrecieron a trabajar en el proyecto convencidos de que la prosperidad llegaría con el flujo comercial que traería tan importante obra pública. Jorge González González, un joven que estudió ingeniería civil en la capital, sería el responsable del proyecto; todos estaban orgullosos de el único habitante del pueblo que tras estudiar una carrera universitaria había regresado; para asistirlo también regresó Eusebio, amigo del padre de Jorge, un viejo que trabajó durante años en la construcción de caminos y carreteras por todo el país.

Los trabajos duraron tres años. Jorge estaba sorprendido de la habilidad y experiencia de Eusebio y era común que le dijera: «Oye, Eusebio, no sé para qué me trajeron, si tú sabes más que yo»; a lo que Eusebio le contestaba: «Cómo que pa'qué, Jorge, pos si yo sólo soy un viejo mañoso».

Cuando faltaban seis meses para terminar la carretera Jorge regresó a la capital. Le habían ofrecido un trabajo en la Secretaría de Caminos y Puentes y debía acudir de inmediato. Él deseaba quedarse a terminar la obra, pero la gente lo animó, a fin de cuentas el trabajo estaba casi concluido, solo restaba supervisión y para eso estaba el viejo Eusebio. Le organizaron una fiesta de despedida que duró dos días; y así, colmado de bendiciones y buenos deseos, se fue.

El último tramo por construir eran las curvas del acantilado. Eusebio tomaba café en el pórtico de su casa mientras revisaba los planos con su lámpara de queroseno cuando advirtió que una curva, a su parecer, estaba mal. «¡Ah, qué caray!», pensó, «esta curva debería ir pa'l otro lado». Calló para no manchar la reputación del joven ingeniero, pero corrigió la curva.

Jorge tardó treinta años en regresar a su pueblo; el éxito en su profesión lo llevó a construir autopistas por toda América Latina y fueron necesarias unas vacaciones para que viajara a su país a recibir uno de los muchos reconocimientos que adornaban su oficina. Fue entonces cuando escuchó el rumor de la curva de la muerte en una estrecha carretera que ya casi no se usaba por lo peligrosa que era; incluso se había construido recientemente una nueva autopista. Cuál no sería su sorpresa cuando descubrió que esa estrecha vía era la que él había construido para su pueblo; y que la nueva autopista no lo atravesaba. «¿Y qué pasó con el pueblo?», preguntó Jorge al que le contaba la historia; «pues quedó incomunicado y, al parecer, ya nadie vive allí». Fue así como decidió regresar.

Antes de emprender el viaje consultó los planos originales en el archivo histórico de la Secretaría de Caminos y Puentes y, tras una revisión minuciosa, creció su extrañeza al no encontrar ninguna razón para tantos accidentes; ya que las buenas intensiones de Eusebio no quedaron plasmadas en los planos.

Pensó en viajar en autobús, pero ya no transitaban líneas comerciales por la carretera y tuvo que rentar un automóvil.

El pueblo estaba tal y como lo recordaba «ni una casa más, ni una menos», pensó; aunque era evidente el deterioro en el que se encontraba. Algunas viviendas dejaban ver a través de las ventanas sin vidrios una vegetación que, resguardada del sol del desierto, había rajado los pisos y perforado los techos y las paredes de adobe. Recorrió agobiado las veredas, ahora subyugadas por el herbaje, por las que solía correr descalzo o jugar futbol cuando era niño; y no fue hasta que observó la luz trémula de una vela que tímidamente iluminaba una modesta estancia que advirtió que no había postes de luz eléctrica ni de teléfono. La creciente melancolía que sintió al caminar por las rúas que cargaban tantas vivencias se tornó en llanto al evocar el recuerdo de sus amigos, vecinos, su gente. Al cabo de unos minutos dejó atrás las lágrimas para dirigirse a la carretera.


Dice la leyenda que en las noches de luna nueva un viejo recorre la carretera con una lámpara de queroseno. Unos dicen que es un alma en pena que murió allí o alguien que busca a un familiar engullido por el risco. Otros dicen que el anciano hace señales para que los automóviles disminuyan su velocidad; sin embargo, son pocos los que vivieron para contarlo, ya que la mayoría, desaparecieron en el acantilado.



5 de marzo de 2016

Línea difusa

Me llamo Felipe Alcántara Escalante. Mi padre, Rubén Alcántara Rodríguez, fue el psicoanalista involucrado en el famoso caso del homicida Rodrigo Morales, quien en un par de días mató a diez personas con un burdo alfanje ornamental que curiosamente tenía grabada en una de sus caras la frase «Lucharé si mi dueño lo reclama»; y mi madre, Adelaida Escalante Soule, una escritora aficionada que se benefició ampliamente con el trabajo de su esposo, aunque por respeto a él, jamás publicó sus relatos. Hasta el día de hoy no he conocido otra pareja que se complemente tan bien como ellos. Mi padre fue ejemplo de formalidad y sobriedad, y mi madre, una soñadora romántica que vivió en una eterna dieta gracias a su propensión a engordar y que gozaba recitándonos extractos de poemas durante el desayuno. De pequeño, para acompañar a mi madre mientras leía sus novelas o escribía sus cuentos, me sentaba a su lado silenciosamente con mis historietas de ciencia ficción, policiacas o del viejo oeste.

Hace dos semanas, justo cuando ella hubiese cumplido ochenta años, bajé al sótano arrastrando su recuerdo. Hurgando entre sus cosas encontré este relato que, a pesar de no haberlo leído, me recordó la primer plática que sostuvieron mis padres sobre Rodrigo Morales. Mi madre tenía la costumbre de adjuntar una pequeña tarjeta de cartón escrita de su puño en cada una de sus narraciones. La información que contenían dichas tarjetas era muy variada: un breve prólogo, alguna referencia, la historia detrás del relato o la inspiración de dónde surgió; a pesar de que en la mayoría de los casos dichas tarjetas contenían datos que solo mi madre entendía, en otras, como en la de esta narración, se advierte su intención de que fuese leída por alguien más.

A continuación, la tarjeta y el relato que mi madre tituló: Línea Difusa.


Tras una larga cavilación decidí que la mejor opción para contar esta historia era hacerlo en primera persona, con el enfoque del protagonista. Los sucesos de los «días sangrientos», como los bautizó la prensa amarillista, bajo la óptica de un narrador omnisciente se me escurren entre los dedos dejando un fajo de cuartillas monótonas con olor a reportaje periodístico de quinta categoría. Fusionando la evidencia policiaca, las declaraciones de Claudia Sarmiento —pareja sentimental de Rodrigo Morales, quien un año después fue absuelta de todos los cargos que se le imputaron por falta de pruebas— y, lo más importante, las sesiones realizadas por el Doctor Rubén Alcántara Rodríguez durante los pasados meses de abril, mayo y junio; he logrado ensamblar lo que a mi parecer representa el mapa mental del asesino en aquellos fatídicos días. Los invito a entrar en la mente de Rodrigo Morales, un joven de trato amable, educado, reservado e inteligente, con una visión disfuncional y, a su vez, fascinante del mundo.



RELATO

Todo comenzó aquella gélida madrugada de enero que vi por primera vez al pequeño pájaro en mi departamento. Desperté desorientado sobre el sillón de la sala, con los miembros entumidos por el frío y adolorido por yacer en mala postura. Intenté ver la hora pero en mi muñeca se ceñía el reloj de mi abuelo, precioso, e inútil en la oscuridad. Era obvio que no había descansado lo suficiente. Pude haber ido a la cama para aprovechar el tiempo que restaba antes del alba, pero no lo hice; me arrellané decidido a sacarle el mejor provecho al sillón que como el reloj era muy bello, pero no estaba diseñado para dormir en él.

Me seguía acomodando en el sofá cuando recordé el examen: los largos y sigilosos dedos del sueño me envolvieron mientras estudiaba. Mis ojos se iban acostumbrando a la negrura cuando vislumbré mi libro abierto contra el suelo; sus hojas maltratadas y dobladas parecían instarme a que las redimiera de la molestia que hasta hacía unos instantes compartíamos. Lo levanté y acomodé sobre la mesita tubular donde mi madre solía servir el té. «¡Maldición! Ya no podré dormir», pensé.

Eran las cinco de la mañana, el despertador sonaría en media hora; abatido, con la frente apoyada en las rodillas, no decidía qué hacer, no quería pensar. Fue cuando miré al pájaro dando brinquitos sobre la mesa de la cocina.

Una corriente de aire helado que golpeó mi rostro me hizo voltear hacía la ventana que, como era de suponerse, estaba abierta.
—¿No deberías estar dormido en un árbol? ¿Sentiste frío o qué? —La pequeña ave me observaba moviendo la cabecita de un lado a otro—. Anda, ven.

El pajarillo se acercó con cautela y se posó sobre mi hombro. Sentí unos pequeños pellizcos en la oreja y oí algo que me hizo callar y aguzar los sentidos... Silencio. Justo deseché la idea cuando, con la voz de Claudia, escuché decir al pájaro: «¿Lo mataste?».

Mis piernas entumecidas me hicieron caer estrepitosamente; al voltear hacia arriba mi novia me observaba de pie en la penumbra.
—¡Casi me matas del susto, mujer!... ¿Qué demonios haces aquí? ¿Dónde está el ave?
Claudia, impaciente y eludiendo mis preguntas, reiteró:
—¿Lo mataste, o no?
—¿¡De qué hablas!? —Me ayudó a incorporarme; estaba muy exaltada.
—Lo dejamos en el cuarto de servicio; muero de ganas de verlo... ¿Vamos?

En una ocasión, siendo niño, me pasó algo similar. Estaba soñando y fui consciente de ello dentro del mismo sueño. Amo y señor de mi entorno fui capaz de hacer todo lo que quería; tenía la fuerza de un superhéroe, podía volar y desaparecer objetos. Recuerdo haber viajado al océano y, sumergido hasta lo más hondo, exploré las grutas que me describía mi abuelo en sus historias. Desafortunadamente llegó el momento en que me despertaron para ir a la escuela y hasta ese día no me había vuelto a suceder; era hora de tomar el control. Deseé que Claudia se callara y su boca desapareció. Presa del pánico, tocaba su rostro con las yemas de los dedos y abría los ojos desmesuradamente.

—¿Sabes?... Estoy soñando —le dije mientras le regresaba su boca.
Sorprendida y enojada me dijo:
—Déjate de juegos, no estás soñando... Anda, vamos, quiero verlo.

El cuarto de servicio estaba en la planta baja y, mi departamento, en el décimo sexto piso. Cualquier superhombre hubiera volado a través de la ventana con la chica en brazos; sin embargo, me limité a cerrar los ojos y, al reabrirlos, estábamos allí. Como si no hubiese pasado nada fuera de lo normal, Claudia caminó hacia el área de basureros y, mientras abría las tapas de los contenedores, exclamó:
—Necesito una lámpara, no veo na...
Todas las luces se encendieron antes de que pudiera terminar la frase; con desdén agregó:
—¡Deja de hacer eso! —Abrió un par de contenedores más hasta que dijo sorprendida—. ¡Aquí está!
—¿Aquí está qué? —la interpelé, pero como si no me hubiese escuchado continuó su monólogo.
—¿Lo descuartizaste? ¡Sí!... ¿Dónde está el cuchillo? Quiero verlo... ¿Usaste un cuchillo, verdad?

Claudia estaba eufórica, tenía medio cuerpo dentro del contenedor, esperaba mi respuesta. Con molestia me acerqué a los basureros donde, para mi sorpresa, ¡yacía una pierna ensangrentada! Di un paso hacia atrás, patiné y caí. Intenté levantarme de aquella superficie resbalosa. Mis manos estaban llenas de sangre. Todo estaba cubierto con un fluido viscoso escarlata; daba la impresión de que hubiese llovido sangre allí dentro. «¿Dónde está lo demás?», seguía preguntándome.

Malhumorado cerré los ojos para regresar a mi cama; deseaba estar solo, no tenía ánimo de juegos. Una vez en mi lecho la preocupación por el examen regresó. Repasé mentalmente lo que había estudiado toda la semana cuando advertí que mi cuarto parecía otro: inusualmente ordenado, pulcro, ¡todo en su lugar! Me incorporé en la cama y encendí la lámpara; mi habitación parecía sacada de un catálogo de tienda departamental. Claudia podría haber limpiado la tarde anterior pero era poco probable, jamás había hecho algo así.

Unos golpecitos en la ventana me obligaron a levantarme. Abrí la cortina y distinguí al mismo pajarito de mi sueño; al verme, se alejó un poco. Creí entender que me invitaba a seguirlo. Extendí mi brazo inútilmente, ya que insistía en que fuese con él. Azoté la ventana molesto y regresé a la cama. «Ahora no, enano, déjame dormir», musité.


El despertador sonó al fin. Arrastré los pies como un zombi a través del cuarto ordenado; en la ducha, la somnolencia se escurrió por la alcantarilla. Me dirigí a la cocina para preparar café; empero, tuve que encender la luz: «¿por qué tengo que encender la luz si ya es de día?», pensé. Me aproximé a la ventana y contemplé con sobresalto el plenilunio. Me apresuré hacía la puerta y ahí, cerca del apagador, encontré al pájaro ladeando la cabeza.
—Está bien, creo saber qué quieres —le dije consternado.

Con solo desearlo me encontré de nuevo, con el ave posada en mi hombro, frente a los contenedores en el cuarto de servicio. Mi novia permanecía sentada en el suelo, cabizbaja; al advertir nuestra presencia levantó la cara y dijo:
—¿Por qué me haces esperar tanto, amor? Llevo más de dos horas aquí sola.
—Te dije que estaba soñando. ¿No te das cuenta? —le contesté tranquilo. Se levantó y caminó hacia mí; su rostro denotaba preocupación.
—El que hayas matado a ese cerdo es para mí la mayor muestra de amor que pudiste darme. —Deslizó su mano por mi nuca, acercó su rostro y agregó—: Te amo —. Al momento de besarme el olor a sangre me provocó nausea; la alejé con ambas manos.
—Está bien, no me crees —le reproché limpiándome la sangre de los labios con el dorso de la mano.


Mi abuelo solía leerme cuentos por las noches; uno en particular que trataba de un niño perdido en una cueva me causaba miedo y excitación. Recuerdo que, mientras el abuelo leía, me introducía bajo las sábanas con una linterna emulando al protagonista; sin haberlo deseado me encontré con Claudia dentro de esa cueva. No era una cueva real: era la caverna que brotó de la imaginación de un niño de cinco años que nunca había visitado una. Sostenía mi vieja lámpara de mano y, como un eco lejano, escuchaba la voz de mi abuelo. Mi novia, con expresión inalterada, seguía de pie frente a mí; inmutable ante el repentino cambio de escenario. Me haló con enfado hacia una de las paredes de la cueva, con tal ímpetu, que casi caigo al tropezar con una piedra. Cuando levanté la vista la vi estirar el brazo y asir la perilla de una puerta invisible que surgió de la nada; nos condujo de regreso al cuarto de servicio del edificio. Yo llevaba puestas sandalias y pijama; Claudia me arrebató la linterna y la apagó.

—No sé qué te pasa, Rodrigo... Estás muy raro. ¿Quieres que vayamos por una cerveza?
Extenuado decidí dejarla controlar mi sueño.


El reloj despertador repiqueteó de nuevo; molesto, lo acallé de un manotazo. «¡Este maldito sueño!». Me levanté con un incesante dolor de cabeza; no obstante, al advertir mi habitual estancia desordenada, mi ánimo mejoró... A la regadera otra vez.

Odiaba llegar tarde a la facultad, sobre todo cuando tenía examen. Salí del departamento con una hora de anticipación para dar un último repaso a mis notas en la biblioteca. Me puse los audífonos y caminé hacia la estación del metropolitano.

Atravesamos un área donde el subterráneo no hacía honor a su nombre. Miré pasar los edificios y los autos estancados en el embotellamiento; debido a la hora, el vagón estaba más lleno que de costumbre. Leía el periódico de la persona que estaba sentada frente a mí cuando me percaté de que la gente se empujaba de un lado a otro; había plumas volando por todos lados y una señora intentaba atrapar un ave que seguramente se introdujo al furgón por una de las aberturas de ventilación. «¿De dónde conozco a esa señora?... No, no puede ser», pensé.

Tendría unos doce años cuando recorría con mis amigos los terrenos baldíos de la colonia llevando un par de rifles de municiones para dispararle a latas o botellas; yo era el de peor puntería. Un día advertí una hilera de pájaros sobre un cable de teléfono; al principio no les hice caso, nunca le había disparado a uno, pero mis amigos insistieron en que no perdiera la oportunidad: «Son muchos, hasta tú podrás derribar alguno», comentó Roque, el mayor de todos. Mi corazón se aceleró. Me senté en la tierra suelta y apoyé el arma contra mi rodilla; contuve la respiración para contrarrestar el temblor que recorría mi cuerpo, pero no ayudó mucho. Cuando sentí que había demorado demasiado tiempo apuntando sin éxito apreté el gatillo. Las aves volaron despavoridas a causa del estruendo; todas... menos una.

Experimenté un sentimiento desagradable mientras el animalito caía: nunca había matado nada que no fuera un insecto. Mis compañeros corrieron jovialmente a ver la inanimada criatura. Yo no pude moverme. Juré una y otra vez no volver a disparar contra algo vivo. Mientras el arrepentimiento ahogaba mi corazón un fuerte jalón de oreja me obligó a levantarme; una señora histérica me reprochaba tal acción y me preguntaba dónde vivía. Esa misma señora estaba tratando de capturar al pájaro dentro del vagón. Claro que eso era imposible, ya que nosotros vivíamos en otro país y, un par de años después del incidente, nos mudamos debido al trabajo de mi padre.

La señora al fin capturó al indefenso animal. Lo tomó entre sus manos con delicadeza, lo acarició y le besó la cabeza y el pico en su afán de tranquilizarlo. Las demás personas se veían aliviadas después del momento de tensión. La mujer, con aire triunfal, decidió liberar al ave. Con extremo cuidado sacó las manos por la ventanilla sin percatarse de que en ese momento ingresábamos en un túnel y, al momento de soltarlo, éste se estrelló contra la pared. La reacción de la mujer fue tan patética que preferí cambiarme de lugar.

Ya con el examen en las manos, fui incapaz de concentrarme.

Debo haber estado a la mitad de las preguntas cuando levanté la cabeza para masajear mi cuello; menuda sorpresa me llevé al advertir que todos, incluyendo el profesor, estaban dormidos. Miraba incrédulo de un lado a otro cuando escuché un golpe que me hizo brincar del asiento: detrás de mí, un chico se había caído. Supuse que se despertaría, pero se limitó a acomodarse en el suelo y siguió soñando. Mi mente intentaba encontrar al menos un atisbo de lógica a lo que sucedía cuando se abrió la puerta del aula y apareció el director. Era evidente que buscaba algo o a alguien. Sin detener su paso se plantó frente a mí y, con voz tenue, como si cuidara el sueño de los demás, me dijo:
—Hola, hijo... ¿Cómo va tu examen?
El director siempre fue muy atento conmigo debido a que mi padre había sido el deportista más valioso en la historia de la facultad. La mitad de las medallas y trofeos que ostentaba en la vitrina de su despacho, eran pasadas glorias de papá. Por otro lado, mi tío fue un estudiante brillante que ganó las olimpiadas de ciencia el mismo año en que el director tomó su cargo. Me veía como el sucesor de esa brillante tradición.
—Muy bien, señor director... discul...
—Hijo —me atajó—, tú sabes que hoy es el día de revisión de casilleros. —Hizo una pausa para estudiar mi reacción y, al no obtener lo que esperaba, continuó—. Encontraron esto en el tuyo.
De atrás de su espalda sacó una enorme motosierra.
—Pero, señor... ¡Eso ni siquiera entra en los casilleros!
—No te preocupes, hijo —dijo apianando la voz—. Te voy a ayudar. Esta falta ameritaría la expulsión definitiva de la facultad, pero ¡qué suerte la nuestra!, todos están dormidos. —Bajó aún más la voz—. Quiero que en este preciso instante vayas a deshacerte de esta cosa y regreses a terminar tu examen. Eres un buen chico, con un futuro prometedor que no vamos a arruinar por esta nimiedad; además..., nadie lo notará.

Me entregó la motosierra y con su mano sobre mi hombro me invitó a salir.

Asomé al pasillo central, que para mi fortuna, estaba desierto; «¿estaré soñando de nuevo?», pensé. Cerré los ojos y deseé regresar a mi habitación, pero nada sucedió. Me hubiese tomado demasiado tiempo ir a dejar la sierra a mi departamento; además, no podía pasearme por la ciudad cargando semejante herramienta. Recordé que los conserjes seguían con la revisión de casilleros y me enfilé hacia el jardín de la facultad para esconder la motosierra con la esperanza de evadir posibles testigos.

La oculté detrás de unos matorrales y corrí hacia el edificio; me sentía muy alterado y estuve a punto de caer en las escaleras. Cuando irrumpí en el aula me desconcertó percatarme de que había regresado a la recepción de mi edificio. Otra vez era de noche.

Escuché la voz de Claudia preguntando por mí. El portero negaba con la cabeza y la desnudaba con la mirada. Mi novia —visiblemente incómoda— se dirigió al ascensor. Corrí para alcanzarla pero la puerta del elevador me ganó. Estuve a punto de propinarle un puñetazo al portero para desdibujar su sonrisa lujuriosa, pero no lo hice; debía alcanzar a Claudia lo antes posible. Al ingresar a trancos por la puerta que da a las escaleras del edificio, un líquido viscoso me hizo resbalar y caer de bruces. Me llevé las manos al rostro aturdido por el golpe. Parecía sangre, olía a sangre, pero la oscuridad me impedía cerciorarme y dieciséis pisos me aguardaban aún.

—Por Dios... ¿Qué te pasó, amor? ¡Mírate! —Claudia estaba muy asustada.
—Me caí en las escaleras y me golpeé la cabeza. Toda esta sangre ya estaba en el piso, no es mía. —El dolor de cabeza era insoportable.
—Debes tener cuidado, cielo, has perdido mucha sangre con ese golpe... Deberíamos ir a un hospital.
Le arrebaté la toalla con la que me limpiaba.
—¡Mira! —grité molesto—. ¿Dónde está la herida? No hay nada.
Me observó incrédula. Una vez se cercioró de que la sangre no había brotado de mi cabeza, se puso blanca como la nieve.
—Entonces, ¿de quién es la sangre? —Trató desesperadamente de limpiarse las manchas en su ropa.
—¡Ya te dije que estaba en el piso de las escaleras del edificio, pero nunca me escuchas!
—Pensé que estabas aturdido por el golpe... Se te está hinchando el costado de la cara. Voy por las aspirinas y una bolsa con hielos.
Sentado sobre la tapa del inodoro reflexioné unos instantes. Todo empezó con ese sueño, y desde entonces, el mundo parecía una amalgama deforme donde la realidad y la fantasía se fundieron impidiéndome separar al uno del otro. El dolor de cabeza, sin duda, era real.
Mi novia regresó de la cocina con los calmantes y el hielo.
—¿Qué te dijo el imbécil del portero? —le pregunté.
—Nada, cariño, solo que no estabas, ¿por? —me contestó rehuyéndome la mirada.
—Me molestó la forma como te miraba... ¿Alguna vez te ha faltado al respeto?
—No, amor, nunca. No te preocupes, es inofensivo.
—¡El examen!... Tengo que irme, ¿me esperas aquí?
—Sí, cariño, mientras regresas prepararé algo para comer... ¿No deberías mejor quedarte a descansar?


Abordé un taxi para llegar lo antes posible a la facultad; seguía siendo de noche.

Había más conserjes que alumnos en los pasillos. Me apresuré a buscar la motosierra. La tiniebla era tan espesa en el jardín que tuve que andar a gatas tentando el terreno alfombrado de hojarasca. No encontré la sierra; en su lugar yacía una especie de sable o espada; pero estaba muy oscuro y su hoja afilada me cortó cuando intentaba identificarlo. Sentí el palpitar de mi corazón en la yema del dedo e instintivamente lo llevé a la boca para restañar el flujo salobre.

Oí pisadas aproximándose. Sabía que el edificio más antiguo de la facultad estaba a mis espaldas y me apresuré a entrar por la primera puerta que encontré abierta. Me tranquilizó el completo silencio al cerrada. Había suficiente luz para recorrer los pasillos de las oficinas administrativas mientras el conserje se alejaba.

Un leve sonido me detuvo frente a un cubículo; la puerta estaba entornada y, con sumo cuidado, me asomé. Al cerciorarme de que no había nadie en la oficina decidí seguir mi exploración, pero al girar tan cerca de la puerta la golpeé con la espada. El ruido me asustó a tal grado que dejé caer el alfanje. La puerta se abrió totalmente. Del interior provenía un aleteo, como el de un murciélago que se dirigía hacia mí. Cerré los ojos y me dejé caer en posición fetal con las manos en la nuca. Escuché pequeños brincos y el canto de un ave; abrí los ojos y ahí estaba de nuevo el pequeño pájaro, ladeando la cabeza como si esperase a que le dijera algo. «¡Qué susto me diste, enano!», le dije extendiendo el brazo; en un segundo el ave estaba sobre mi hombro.

Recorrimos el pasillo hasta el fondo; el patrón era siempre el mismo: una puerta, una ventana, una puerta, una ventana. Estaba a punto de regresar para salir del edificio cuando el ave empezó a trinar. Me detuve para saber qué la alteraba. Estábamos frente a otra puerta: «¿Quieres que entremos?», le pregunté sin obtener respuesta; al poner la mano en la perilla se tranquilizó: «Está bien, amigo, vamos».

A veinte pasos de distancia se propagaba una tenue luz. Alcancé a distinguir a alguien tendido sobre el suelo. Tuve la sensación de que la oficina cambiaba de forma a medida que avanzábamos; las paredes, e incluso el piso, se apreciaban diferentes; el techo era más alto que en el pasillo y no había sillas ni escritorios. Al llegar al punto más claro me di cuenta de que estábamos de nuevo en el cuarto de servicio de mi edificio; en el piso, en posición supina, yacía muerto el portero. Un considerable charco de sangre se extendía rodeando su cabeza formando una aureola granate; un intenso olor a cobre anegaba la estancia carente de ventilación; atisbé un martillo a dos metros del cuerpo. A pesar de lo grotesco de la escena la encontré cómica. El pájaro voló de mi hombro, se posó sobre el abultado estómago del portero y, tras una serie de pequeños brincos, llegó hasta la frente ensangrentada para propinar varios picotazos en la cara abotargada del cadáver antes de regresar a mi hombro.

Me disponía a explorar el lugar cuando vi por el rabillo del ojo a una mujer que pasó justo a mi lado; faltó poco para que me rozara. Al parecer no se percató de nuestra presencia. Se agachó junto al cuerpo inerte, tocó con el dorso de la mano su rostro para cerciorarse si aún respiraba y volteó hacia donde me encontraba diciendo con calma: «Está frió... Debe llevar varias horas así». En ese momento la reconocí, ¡era una de mis vecinas! Estuve a punto de responderle cuando pasó por mi otro costado su esposo ordenándole: «¡No lo toques!... Hay que llamar a la policía cuanto antes». ¡Ella no se dirigía a mí! ¿Estarían tan desconcertados por el incidente que no les importó mi presencia? ¿Me habrían visto siquiera?

Mientras la pareja discutía sobre lo que deberían o no hacer me alejé sigilosamente. Di un paso hacia atrás, después otro; a mi lado pasaban personas que se dirigían a constatar la escena. Los reconocí a todos: eran más vecinos que se reunían en torno al occiso para intercambiar información acerca de ruidos raros, horarios, visitas a horas inusuales. Tenía la boca seca y sudaba frío; sentía los latidos del corazón en la sien y un persistente hormigueo en mis brazos y piernas.

Mi espalda chocó al fin contra la pared. Conté un total de nueve vecinos para quienes aparentemente pasé desapercibido. El ave sobre mi hombro permaneció muda.

No sabía si aquello era un sueño. No estaba seguro en qué lado de la línea que separa la realidad de la fantasía me encontraba. ¿Acaso tendría un pie en cada extremo? Lo que sí tenía certeza era que yo estaba allí antes de que llegaran todas esas personas, sosteniendo una espada y no podía permitir que me señalaran por un crimen que no cometí. Levanté el alfanje con ambas manos, una frase se repetía incesante en mi mente: «Lucharé si mi dueño lo reclama». No lo permitiría.




5 de diciembre de 2015

75

El día en que murió mi madre rompí el juramento que le había hecho a mi abuela Carmen quince años antes. Yo tenía apenas siete años cuando falleció mi abuela, sin embargo, recuerdo vívidamente aquella escena de gente ataviada de luto y rostros descompuestos. Las personas a las que yo más quería, y de quienes dependía en todos los aspectos, berreaban y se abrazaban como niños desamparados. Jamás volví a ver a esa gente de la misma manera. Contrastando con aquel espectáculo circense, dos seres guardaban compostura: mi padre y mi abuela Carmen, siempre preciosa, en ese momento más que nunca. En su rostro plácido se dibujaba una sonrisa discreta y pícara; irradiaba paz. En ella veía el número 29.

Me arrodillé, posé mi mano sobre la suya y le prometí no volver a ir a un velorio. Mi padre, que se encontraba detrás de mí, me dijo en tono sereno y con mirada de complicidad: «Haces bien, hijo, los sepelios solo deprimen más a la gente».

La ceremonia por mi difunta madre no fue diferente: atmósfera asfixiante, túnicas negras, rezos a media voz, familiares lejanos desconocidos, almas desvalidas. Salí al balcón a fumar un cigarrillo y observé a mi padre a la distancia, solo, con las manos en los bolsillos. Me detuve a su lado y lo miré pensativo, distante, sus ojos inyectados de tristeza, vidriosos. El chasquido del encendedor lo sacó de su abstracción.

—La misma marca que yo fumaba, hijo. ¿Me regalas uno? —me dijo fingiendo entusiasmo.
—No sabía que fumabas, Pa.
—Fumé hace muchos años, Carlos, y de no ser por tu madre, seguramente lo seguiría haciendo. —Mi padre, después de dar una gran bocanada, observó el cigarrillo con desencanto.
—Fue lo mejor, ¿no, Pa? Ya estaba sufriendo mucho con esa enfermedad.
—Sí, hijo, fue lo mejor... Estaremos bien.
En ese momento decidí comentarle lo que me inquietaba desde hacía unos días.
—Oye, viejo, hay algo que nunca le he dicho a nadie. En algunas personas veo números. No le había dado importancia hasta ahora que murió mi Ma, en ella siempre vi el número 47.

Mi padre se llevó de nuevo el cigarrillo a la boca; hizo una mueca y lo arrojó al suelo para desbaratarlo con la suela del zapato.
—Justo su edad, hijo... Y eso, ¿desde cuándo?
—Desde que tengo memoria, Pa; por ejemplo, en ti veo el número 59.
—Pues tu madre y yo nos casamos ese año, Carlos. Sin duda, uno de los días más felices de mi vida.
—No había pensado en eso... ¿Significará algo?
—Puede ser; pero es mucha coincidencia, ¿no? ¿Alguien más?
—Sí. En la abuela veía el 29.
—El año en que yo nací.

En ese momento se nos unió un pequeño grupo de fumadores y abandonamos la plática, pero no la reflexión. No volvimos a hablar al respecto, sino dos semanas después cuando mi padre me comentó que vendría a visitarnos mi tío Felipe.
—¡Ah...! 12 —afirmé.
—¿Te refieres a los números? ¿En Felcho ves el número 12? —Asentí con la cabeza—. Bueno pues, ahora que venga sabremos si el número le dice algo.

El tío Felipe era el mayor de los hermanos de mi padre. Siempre activo y jovial a pesar de sus incontables alergias: el bromista de la familia. Pasamos una velada agradable, su optimismo contagiaba a los que lo rodeaban. En un punto de la noche en que el vino y las risas nos habían despojado de la tensión del reciente sepelio, mi padre preguntó a mi tío si el número 12 le significaba algo. Mi tío palideció al instante, estaba dando un sorbo a su copa y poco faltó para que se ahogara. Me levanté de la silla para palmear su espalda al tiempo que mi padre le echaba aire con una servilleta. Mi padre hábilmente cambió de tema una vez que tío Felcho recobró su color.

Cuando mi tío se acercó para despedirse de mí, un velo de lobreguez seguía empañando su mirada; mi padre lo acompañó a su automóvil mientras yo recogía los trastes en la cocina. Salieron al pórtico y se quedaron allí más de media hora. Yo, ceñudo, pensaba en no volver a mencionar los dichosos números cuando mi padre entró con rostro severo. Caminó en círculos un par de minutos poniendo orden a sus ideas, al parecer, tratando de tomar una decisión. Me escrutaba y bajaba la mirada, una y otra vez, hasta que no aguanté más y le dije: «¡Anda, viejo! Escúpelo de una vez». Me hizo jurar que me llevaría tres metros bajo tierra lo que estaba a punto de confesar: al tío Felipe, una mujer —de quien se guardó el nombre—, lo había abusado sexualmente cuando tenía 12 años. Nunca supe qué explicación le dio mi padre al tío Felipe para justificar aquella pregunta aparentemente inofensiva, pero eso no importaba, supimos en ese momento que teníamos que seguir indagando al respecto... con la mayor discreción posible.

Empezamos con una pequeña lista de todas las personas en quienes veía números y la relación que los mismos tenían con sus vidas. Concluimos que solo los contemplaba en personas allegadas a mí: amigos o familiares. No había una lógica aparente en lo que cada número significaba para cada quien, lo único evidente era que representaban sucesos importantes en sus vidas. Decidimos hacer una especie de bitácora con objeto de encontrar un patrón, pero mientras más desmarañábamos aquella madeja, más la enredábamos. Fallecimientos, nacimiento de hijos, bodas, accidentes, acontecimientos buenos o malos, pero siempre trascendentes.

A medida que avanzaba nuestra investigación empecé a ver números en más personas, incluso en aquellas que no tenían ninguna relación conmigo. La primera vez fue en una ferretería, cuando me disponía a comprar algunas herramientas por encargo de mi padre. Al dar vuelta en un pasillo, observé a un hombre con el número 22. Me quedé estático. Pensé que podría ser alguien que no había reconocido, pero al retomar su marcha el individuo me miró de frente y pasó de largo, inexpresivo: un desconocido más. Mi padre pensó que tal vez el hecho de estar indagando al respecto me servía para ejercitar mi inusual cualidad; y así fue. A los pocos meses veía números en la mitad de las personas con las que me cruzaba.

Un día me encontraba en los pasillos de la facultad platicando con unos amigos cuando pasó mascullando a nuestro lado un muchacho con aspecto de pocos amigos: el estereotipo del rebelde sin causa; el que piensa que todo el mundo está en su contra y nadie lo comprende. Aunque en la Universidad se concentran todo tipo de personajes, y yo ya estaba acostumbrado a eso, este tipo me alteró porque por primera vez noté cuatro números en una persona: 7305. Lo seguí con la mirada, intrigado, hasta que llegó a su casillero; una vez que terminó de hurgar dentro de él lo cerró aparatosamente y continuó su camino. Me acerqué con sigilo a examinar la puerta maltratada del casillero que tenía un candado de combinación; atisbé hacia ambos lados del pasillo para cerciorarme de que nadie tenía su atención puesta en mí y proseguí a ejecutar la combinación de cuatro dígitos: 7305.

Cuando el candado se abrió no lo pude creer. Un escalofrío me sacudió violentamente. Abrí la puerta y ahí encontré sobre una cama de libros mal acomodados una pistola automática. Volví a asomarme a los pasillos y advertí con horror que su dueño se dirigía hacia mí, a unos quince metros de distancia, con la misma expresión hosca de antes. Fui incapaz de moverme. Cuando estábamos a un palmo de distancia, me empujó con tal fuerza que caí como un tronco podrido al piso. Con agilidad y determinación sacó el arma y, con la frialdad de quien pisa una hormiga, me disparó.

Cuando abrí los ojos, dos días después, descansaba en la cama de un hospital. Mi padre dormía sentado en una silla con medio cuerpo apoyado sobre una pequeña mesa, como un muñeco de plastilina derritiéndose al sol. Traté de hablarle; intenté despertarlo para que viera que me encontraba bien, pero mi voz se negó a obedecerme; estaba drogado y débil. La televisión empotrada en la pared pregonaba las noticias de la mañana; fue así como me enteré del suceso.

El imbécil sin nombre había matado a cuatro estudiantes y herido a otros cinco antes de quitarse cobardemente la vida. La rabia y la impotencia me carcomían cuando mi padre apagó el televisor; por su aspecto intuí que había permanecido todo el tiempo a mi lado, tenía el aspecto de un indigente. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas. Nunca lo había visto así, ni siquiera cuando murió mi madre. Fue también la primera vez que reconocí un número a través de una pantalla; en la reportera, el 63.

Un domingo en que el cielo se caía a cántaros, estaba aburrido en la antesala cambiando los canales de la televisión cuando apareció Hitler en la pantalla. El número 1123 me brincó desde aquella imagen en blanco y negro. Le grité a mi padre.
—¿Qué pasa, hijo?
—¡Pa, mira! ¡Hitler tiene el 1123!
—¡Voy por la enciclopedia!
—¡No! ¡Trae una pluma... Stalin, 0503!


Fueron varios los genocidas que aparecieron en ese programa: Hitler (1123), Putsch de Múnich en noviembre de 1923. Stalin (0503), al principio pensé que se refería a la fecha de su fallecimiento, pero mi padre encontró que fue también un cinco de marzo la masacre del bosque de Katyn. Mao Zedong (0721), en julio de 1921 asistió al Primer Congreso del Partido Comunista. De muchos otros no encontramos la relación que tenían con sus números; sin embargo, llegamos a la conclusión que podrían ser datos imposibles de conocer, como el del asesino de la Universidad, quien ostentaba el número de la combinación de su casillero.

Pasaron algunos años y el tema de los números fue quedando en el olvido. Me empeñé en relegarlos y llevar una vida normal. Para cuando terminé mis estudios en la Universidad ya veía números en todas las personas, incluso las que salían retratadas en revistas y periódicos. Con el tiempo, la cifra 95 empezó a aparecer con frecuencia, sobre todo en niños. Habían sido muy pocos los números repetidos que recordaba, pero éste en especial, cada año era más común.

Me casé y tuve tres hijos. Reconozco que sentí cierta inquietud al ver que cada uno de ellos nacía con el mismo número: 95. Mi padre murió el año en que nació su tercer nieto. Nunca me atreví a hablar de los números con nadie más; ni siquiera con mi esposa.


La semana pasada, mientras esperaba en la recepción de un consultorio medico hojeando una revista de ciencia, leí que estaba por inaugurarse, en marzo del noventa y cinco, el mayor experimento científico de la historia; con participantes de más de cuarenta naciones. Pasé las hojas buscando el artículo principal y quedé petrificado al ver la imagen del director del proyecto. No lo conocía, pero fue la primera vez que vi seis números en una persona: 160395.



5 de octubre de 2015

Santiago

En una calle anónima, inmerso entre los edificios y recodos de la capital chilena, se encuentra un callejón estrecho surgido a causa de un error arquitectónico donde moran indigentes, animales callejeros, drogadictos, y el olor a bazofia y caucho quemado son insoportables. Una llovizna perenne desuella los muros llevándose a su paso la inmundicia —no así la memoria— de los ladrillos roídos que se ciñen en torno a dos sombras desvanecidas en la penumbra. De una de las tres ventanas que asoman al callejón se proyecta la luz de un televisor olvidado, que apenas salpica con leves destellos grises a los sujetos.

Uno de los individuos permanece sentado en un charco de agua turbia, su ropa está desgarrada y ensangrentada como consecuencia de la reciente riña, sus manos yacen flácidas sobre el pavimento, signo irrebatible de sumisión, de pérdida. Santiago se encuentra de pie, inmóvil como una estatua, el vaho emanado de su boca como única señal de vida. La sombra de un contenedor de basura esconde las facciones del caído, pero no enmudece sus sollozos ni sus espasmos. Ninguno habla; no queda nada qué decir. Santiago tensa el percutor del revólver e incrementa la presión de su índice contra el gatillo. Le gusanea un sudor frío en la nuca y reflexiona: ¿qué hago aquí?


El día que ingresó en la Universidad, Santiago atisbó a la que sería su esposa. Nunca se había enamorado, pero al observar a aquella joven de cabellos largos y castaños sentada sobre el césped de uno de los jardines del campus, supo que ella sería la mujer que lo acompañaría por el resto de sus días. Seis años después esperaban a su primera hija. Sin embargo, a raíz de una complicación en el quirófano, el que debió ser el mejor día de su vida se tornó en el peor. La inflexible Átropos cortó los hilos de la vida a su esposa e hija mientras Santiago bregaba contra el tráfico del medio día tratando de llegar hasta ellas; y así, la dicha que suponía sempiterna, aquella que siempre lo había acompañado, le dio la espalda y se le escurrió entre los dedos sin que fuese capaz de hacer algo para evitarlo.

Su mente sufrió una dicotomía: todos los recuerdos de su esposa quedaron aislados en un sector inaccesible de su mente; aunque tenía una vaga idea de su existencia: la sensación de quien observa la fotografía de un pariente lejano al que nunca conoció. El mismo día en que fallecieron sus dos amores regresó puntual a su trabajo para terminar el turno vespertino. Su padre se encargó de todos los arreglos del sepelio al que Santiago no asistió. Su madre, preocupada, quiso platicar con su hijo, saber qué pasaba por su cabeza; sin embargo, su marido la obligó a abstenerse: «¡Déjalo en paz! Que viva el duelo a su manera», le dijo.

Por temor o comodidad, nadie le mencionaba ese tema. Dejó de frecuentar a sus amigos y familiares; se convirtió en esclavo de una rutina autoimpuesta en la que solo tenía cabida su empleo. Cuando terminaba su jornada laboral, partía a su casa para continuar trabajando hasta que el sueño lo vencía. Su recámara permaneció como una cápsula del tiempo sellada desde aquel fatídico día; sobre su mesa de noche yacía un libro inconcluso, un pastillero, una revista a medio hojear y sus gafas de lectura; y en la de su esposa tan solo una novela, una fotografía de ambos en el día de su graduación y un vaso seco, con cercos dejados por el agua que alguna vez contuvo; todo ello bajo una lámina de polvo que engrosaba cada día.

Una mañana en la que Santiago se dirigía a su trabajo —habían transcurrido dieciséis años—, un choque que bloqueó la calle lo obligó a detenerse. Al descender del automóvil para calcular el tiempo que permanecería varado en el cruce, distinguió entre la multitud a una joven de tez blanca y cabello ocre ondulado a la que seguramente duplicaba en edad y de quien fue incapaz de apartar la vista: lo más hermoso que había visto en su vida.

En un momento de inesperada sensibilidad Lánquesis le interpeló a Cloto el haberle cambiado por tanto tiempo el hilo de oro por el de cáñamo a Santiago, a lo que Cloto, de mala gana, accedió; no obstante, el nuevo carrete no era necesariamente dorado.

Desde ese momento Santiago atravesó todos los días el crucero buscando a la chica que esperaba el autobús. En ocasiones la encontraba charlando con alguien o sentada leyendo un libro; le divertía contemplar los colores de su atuendo y su peinado; insignificancias que lo hacían muy feliz. Una mañana en la que caía una fuerte granizada, orilló su auto y se ofreció a llevarla a su trabajo; ella —que por cierto se llamaba Carolina— subió al vehículo risueña y, a partir de entonces, se hizo rutina. A Carolina le agradaba su compañía y el ahorro del pasaje le resultaba un beneficio aún mayor, ya que el dinero que ganaba en el Banco era el único ingreso del que disponían en su casa, luego que su padre abandonó el trabajo y, poco después, a su familia. Carolina apenas conseguía lo suficiente para la manutención de su madre y su hermanastro.

En una de las tantas charlas efímeras salió a relucir el apellido de Carolina; en ese momento no le representó nada a Santiago, pero esa noche, por primera vez desde el accidente, soñó a su esposa: flotaba con el rostro afable y difuminado, acompañada de algunos fragmentos fugaces de su vida en pareja. Él recordó el sueño al despertar, pero no lo identificó como algo que en realidad hubiese vivido.

Con el transcurrir de los días los sueños se hicieron más frecuentes, los pasajes más extensos y, a los dos meses de recordarla mientras dormía, ella se dirigió a su esposo: «Santiago, Carolina es nuestra hija».

Despertó sobresaltado, el bloqueo de su mente sucumbió al escuchar la voz de su mujer; todos los recuerdos, ahora libres, irrumpieron desbocados en su mente, no hubo nada que aminorara la angustia y el desconsuelo que Santiago había reprimido por más de quince años.

Permaneció enclaustrado una semana, sobrellevando el duelo postergado con un único pensamiento recurrente: Carolina tenía el apellido del doctor que había asesinado a su esposa e hija.


Santiago quita el dedo del gatillo y libera un suspiro; sabe que asesinar al médico no soluciona nada. La ira cede su paso al sosiego. Deja caer el arma y se retira sintiendo lástima por aquel alcohólico fracasado. Lo mejor para el galeno hubiese sido levantar la pistola y quitarse la vida; terminar con su patética existencia. Sin embargo, mientras Santiago sale del callejón, se escucha un estruendo que vela momentáneamente el repiqueteo de la lluvia, al tiempo que siente una violenta ráfaga en la espalda que lo empuja hacia la calle, acompañada de un dolor intenso. Santiago no voltea, con dificultad sigue andando...; ya no oye nada.


5 de julio de 2015

Ácrata

No olvidaré la fecha: 12 de enero de 1908, un invierno como pocos. Esa madrugada desperté entumecido; el cansancio me había vencido mientras leía, y me dormí sin siquiera taparme con el cobertor. Exhalaba vaho y mis extremidades estaban petrificadas. Me senté en el catre y empecé a masajear mis rodillas; una vez reactivada la circulación, me levanté para observar a través de los postigos de la ventana el cielo ensangrentado y la ciudad cubierta por la nevisca. Me eché una manta sobre los hombros y salí al pasillo. Vi rescoldos extintos en la chimenea; no me extrañó, a pesar de que la ciudad de San Luis Potosí era nueva para mí en aquellos años, ya estaba al tanto de sus cambios abruptos de temperatura; seguramente la señora Delfina no había considerado necesario encender el fuego.

Caminé trémulo hacia las escaleras que daban a la planta baja, pero al llegar al rellano, me paré en seco intimidado por la oscuridad que impedía ver más allá de algunos cuantos peldaños. Volteé a los lados buscando en vano una lámpara de aceite y finalmente, en compañía del atizador —que por lo menos iluminaba mi valentía—, descendí a tientas hasta la cocina donde abundaban las velas de cebo. Ahora venía la peor parte: bajar al sótano para conseguir algunos leños.

Como una extraña encarnación de celador —una vela en la mano izquierda, un atizador en la derecha, en ropa interior, con una manta sobre los hombros y usando solo calcetines— abrí la pequeña puerta de madera mohosa que se encontraba en un extremo de la cocina. Me recibieron un aroma parecido al de los puertos y el más sepulcral de los silencios; respiré una bocanada de aire denso y bajé los peldaños húmedos con toda la calma que mis nervios crispados me permitieron. A cada paso escuchaba la madera podrida rechinando, la queja constante de mi rodilla derecha y el rugir de mi estómago reclamando algo de alimento; me sentía como atrapado dentro de una esfera de vidrio.

Levanté la vela, pero ni así pude iluminar toda la estancia; los objetos apilados llegaban hasta el techo; el lugar era una fusión entre cueva y tiradero de enseres inservibles. Para mi alivio, descubrí inmediatamente una pila de leña a mi izquierda; tan solo a diez pasos de donde me encontraba. Con ánimo renovado —sin haberme sacudido del todo el miedo—, me encaminé hacia el rimero que pronto me proporcionaría calor. A pesar de tener los pies empapados, me sentía cada vez más resuelto; no obstante, nada me prepararía para el sobresalto que me aguardaba: el peor susto de mi vida.

Escuché un sonido; apenas un suspiro a mi derecha y, al voltear de golpe, quedé atónito. Sobre el piso, en posición fetal, yacía un anciano de barbas y cabellos grises y largos, apenas cubierto con una indumentaria astrosa y abigarrada; temblaba incesantemente, se veía muy enfermo, como si fuese a morir en ese instante. Evitaba mi mirada como un animal herido y orgulloso. Ignoro cuánto tiempo —segundos o minutos— permanecí observándolo, pero al fin reaccioné y, con una voz desarticulada que ni yo reconocí como propia, le hice la pregunta más estúpida posible dadas las circunstancias: «¿Se encuentra usted bien?».

Como era de esperar no obtuve respuesta; aún así, mi torpeza alcanzó un nivel superior cuando dije: «No se mueva, enseguida regreso».

Lo único que discurrí fue ir por la caja con medicamentos que la señora Delfina guardaba en la alacena, algo de leche y una hogaza.

—Mire, señor..., traigo estas medicinas, aunque no sé cuál...
El indigente me impidió terminar la frase; se sentó con dificultad, me arrebató el cajón y lo acercó a la luz de la vela; leyó una por una las etiquetas de los frascos; abrió uno y apuró su contenido, se guardó otros dos pomos, tomó el pan y la leche y se dispuso a comer.
—Me has salvado la vida, muchacho. ¿Cómo te llamas? —dijo con una voz inesperadamente refinada.
—Ricardo, señor.
Inclinó la cabeza haciendo una reverencia discreta y agregó:
—Pensé que esta sería mi última noche... Interesante para alguien que no cree en milagros.
—Y usted, señor, ¿cómo se llama?
—Deseché mi nombre hace tiempo, Ricardo; ya ni sé cuánto. Pero puedes llamarme Ácrata..., me gusta esa palabra.
Limpió su mano sobre el tapiz de un mueble abandonado y me la tendió con elegancia.
—Mucho gusto, señor Ácrata... ¿Cómo entró usted aquí?
—Es una larga historia y estoy muy débil para conversar. —El viejo se quitaba los restos de pan atorado entre los dientes con los dedos de la mano—. Veo que has bajado por leña; esta casa sería inhabitable en invierno de no ser por la chimenea. Anda..., en una semana estaré recuperado y podré contarte, si así lo deseas, mi historia.
—Sí, señor.
—Bueno pues, no se hable más. —Ácrata me ofreció la mano con la que se había limpiado la boca; dudé unos instantes en estrecharla—. Todavía te quedan unas horas de descanso; por tu edad intuyo que estás estudiando y no hay nada más importante en esta vida que la persecución del conocimiento; en siete días, cuando todos estén durmiendo, me podrás encontrar aquí, y... Ricardo —agregó haciendo una pausa teatral.
—¿Señor?
—Te aconsejo, por tu seguridad, que no hables de mí con nadie.
—Sí, señor... No, señor; quiero decir, no lo haré, señor.
—El «Señor» está en los cielos, Ricardo... Ja, ja, ja; no es verdad. No hay nada en el cielo que no sean nubes y aire; me refiero a que hoy te has ganado a un amigo y los amigos nos tuteamos.

Encendí el fogón y me senté unos instantes frente a la chimenea para calentarme. Me sentía bien por haber ayudado al anciano, pero ¿cómo habría llegado allí? ¿Sabría alguien en la hostería sobre su existencia? ¿Era inofensivo? Cavilé varios minutos al respecto hasta que el sopor me venció.
—¡Criatura del Señor! —dijo sorprendida la casera al verme dormido en pleno pasillo—. ¡Pobre de ti, seguramente te morías de frío anoche!, y yo que no encendí la chimenea, pero ¿cómo iba a saber que haría tanto frío en la madrugada? ¡Debes haber pasado una noche terrible!
—No, señora Delfina, no se preocupe. —Había pasado una de las peores noches de mi vida, pero no quise hacerla sentir mal—. Dormí bastante bien.
Apenas pude terminar mi desayuno. Doña Delfina me consentía con más atenciones que de costumbre, pero mi apetito, encaprichado, se había ido. Me dediqué a observar el comportamiento de todos los huéspedes y a ver de reojo la entrada que conducía hacia Ácrata. Todos se comportaron normalmente y la puerta permaneció cerrada. ¿Habría sido un sueño?

Pasé una semana ocupada; entre las clases, las tareas y mis labores de becario, apenas recordé a Ácrata.

A la media noche del día pactado me encontraba en mi habitación sentado sobre el alféizar de la ventana con los brazos cruzados y la mirada perdida en la oscuridad, esperando escuchar los ronquidos de la señora Delfina para bajar a cerciorarme de que el viejo en realidad existía o si lo había soñado. Al percibir la señal esperada me dirigí a las escaleras sigilosamente; llevaba conmigo una lámpara de aceite, un cortaplumas —uno nunca sabe—, algunas medicinas y un poco de comida. Tardé una eternidad en bajar los escalones para llegar a la cocina; los peldaños se empecinaron en delatarme crujiendo como nunca lo habían hecho; afortunadamente su cometido resultó en vano.

Así el picaporte pero no lo giré al instante, una duda me embistió. Todo aquel asunto me pareció repentinamente absurdo; me sentí como un tonto. Tal vez tuve miedo. Me imaginé ahí parado con la mano en la perilla y me brotó una sonrisa nerviosa. Por otro lado, ¿podría vivir con la incertidumbre?; además, sabía que cada vez que me mirara en un espejo vería tatuada en mi frente la palabra «cobarde». Abrí la puerta y descendí con una valentía forzada por mi orgullo herido.

—¿Ácrata? Amigo, ¿estás allí? —musité mientras avanzaba al punto donde lo había encontrado una semana atrás.

La ilusión del sueño se desvanecía con cada paso que daba; fui reconociendo algunos elementos del atiborrado sótano, aunque en esta nueva excursión me di cuenta de que era más grande de lo que yo lo recordaba. Llegué finalmente al lugar y, desilusionado, constaté que Ácrata no estaba.

Regresé a mi habitación y me dejé caer sobre la cama; me sentía cansado y molesto; me había desvelado en vano. Pasé una noche inquieta; soñé que me quitaban la beca de la Universidad y que tenía que regresar a mi pueblo —ya que mi padre no estaba en posibilidad de costearme los estudios—, me veía en el tren de regreso a casa escogiendo las palabras que usaría para darle la mala noticia a mi viejo, pero el expreso nunca arribaba a su destino. Todo consistía en ese momento de angustia, viajando mientras mi alma se iba corroyendo por la vergüenza.

La semana siguiente fue de exámenes en la facultad, por lo que no tuve tiempo siquiera para escribir a mis padres. Ellos no sabían leer, pero mi primo Pedro iba cada semana a descifrarles aquellos trazos caóticos que formaban palabras y que mi madre observaba detenidamente tratando de intuir mi estado de ánimo al momento de escribirlos. Mi padre, por su parte, estaba orgulloso de que su hijo hubiese sido el primer habitante del pueblo en estudiar en una Universidad; él no entendía mucho de las cosas que brincaban las fronteras del campo, pero algo dentro de él le presagiaba que yo llevaría una vida mejor de la que hubiese obtenido trabajando con el arado.

El lunes era mi día favorito ya que por la tarde debía encargarme de la biblioteca. Esto me daba la oportunidad de adelantar en mis trabajos o leer algún libro cuando no había mucha gente demandando servicios. En una de esas tardes de lunes en las que ni una sola alma moraba el edificio, me sorprendió Francisco —otro becario— leyendo un libro de Dickens; venía a relevarme: el director quería verme.

En esos años pensaba que el director me veía como a un ser extraño y que me usaba —para estirarse el cuello en sus reuniones con intelectuales— como ejemplo de que era posible urbanizar y cultivar el intelecto de la población rural, lo cual después supe, no era cierto.
—Hola, Ricardo. Pasa por favor, toma asiento.
—Gracias, señor, con su permiso. —Me sentía incómodo, nunca había entrado en la dirección.
—Ricardo. —A diferencia de los demás profesores al director no le gustaban los rodeos—. Te he seguido de cerca desde el primer día que llegaste. Tu desempeño como alumno, tanto como becario, han sido impecables. —Hablaba con una cadencia perfecta; no era el canturreo falso de los políticos, sino la seguridad de una persona que sabe lo que está diciendo.
—Gracias, señor.
—No me agradezcas, hijo, solo estoy reconociendo tu labor. —Abrió uno de sus cajones y extrajo un paquete que depositó sobre el escritorio frente a mí—. Me complace ser la persona que te de la buena noticia de que ya no serás becario; ayer pasó a visitarme tu tío y pagó todo lo que resta de tu educación; título incluido.
—¿Mi tío, señor? —Me sentía confundido; a pesar de que mis padres tenían más de diez hermanos cada uno, ni apoyándome entre todos habrían sido capaces de reunir semejante cantidad de dinero.
—Así es, Ricardo. Toma el paquete; me pidió tu tío que te lo entregara personalmente. —Se levantó para darme la mano—. Sigue así, muchacho, estoy seguro de que llegarás lejos.

Esperé a estar solo en mi habitación para abrir el sobre. Contenía un documento que avalaba el pago total de los tres años de colegiatura que me restaban —gastos de titulación incluidos—, una cuenta de ahorros en el banco de la ciudad y una carta:

Estimado Ricardo:

Antes que nada, quiero ofrecerte una disculpa por no haberme presentado a la cita que teníamos programada hace un par de semanas. Por razones que no podré explicarte, por tu seguridad y la de otras personas, preferí no acudir.
Espero que no me tomes a mal que haya cubierto, en su totalidad, el importe de tus estudios. Considero que un joven de tu edad debe tener tiempo libre para vivir la vida; además, las dos cosas que me has devuelto son infinitamente más valiosas; tanto, que ninguna persona que destine su vida a llenar cofres con monedas podría comprender.
Primero, me has devuelto la vida que había perdido hace años; y segundo, y más importante, me hiciste creer de nuevo. Creer que hay gente que actúa desinteresadamente, creer que no vale la pena arrastrar los sinsabores del pasado, creer que personas como tú pueden hacer la diferencia. Ahora que te he conocido me arrepiento de muchas cosas que he escrito, me doy cuenta de que pude haber envenenado la mente de muchos jóvenes con ojeriza, hostilidad, agresión. Pero no hay nada que pueda hacer ahora para remediarlo. Por eso partiré a otro de mis viajes, la diferencia es que de éste, no volveré nunca más.
No te puedo obligar pero considero importante que evites averiguar quién soy o quienes son las personas que me ayudaban. He abierto una cuenta bancaria a tu nombre con suficiente dinero para que puedas pagar el alquiler de la pensión por los años que te restan de estudios, y un poco más; estoy contando con que al menos hagas un doctorado.
Me despido de ti, querido amigo, deseándote éxito y felicidad; yo por mi parte guardo una deuda de gratitud que nunca podré pagarte.

Afectuosamente:
Ácrata

Cuando terminé de leer me quedé estupefacto. La madrugada había reclamado la ciudad y una neblina clara se arrastraba por las calles reflejando la luz de la luna en todas direcciones; apenas se divisaban los landós y carruajes, inmóviles, como si los hubiesen abandonado en la calle. Lo único que se percibía con vida era la luz del sereno que se deslizaba por la bruma como una luciérnaga solitaria.

Bajé de nuevo al sótano; la lógica me decía que Ácrata debía entrar y salir por allí; no podía haber otra explicación. Exploré con calma el lugar, poniendo especial atención en el piso y las paredes, hasta que vi una vieja estufa pequeña y herrumbrosa que estaba encajada en los ladrillos de la atestada covacha; a simple vista se veía como algo normal, pero ¿por qué estaba empotrada en la pared? Con cuidado y algo de dificultad logré apartarla. Me sorprendió la estrechez de la cavidad; tuve que arrastrarme para poder entrar al pasaje, pero una vez dentro, pude desplazarme de pie con facilidad.

Avancé lentamente por la cueva; la luz de la candileja me iba revelando a cada paso un corredor serpenteante de paredes rocosas burdamente cinceladas. La caverna debía contar con varios respiraderos, ya que sentía el roce de un soplo relente de aire fresco; la temperatura era agradable y el aroma a tierra y yerba mojada apenas se percibían. Me sentí como el profesor Linderbrock en su expedición al centro de la tierra.

Al cabo de caminar alrededor de quince minutos —me sería imposible precisar la distancia que recorrí—, llegué a una bifurcación. Observé con detenimiento el suelo de ambos caminos y continué por el que parecía estar más allanado por las pisadas. Esta segunda sección era más amplia y pude desplazarme a mayor velocidad; la brújula indicaba que me dirigía al sureste; calculé que debía encontrarme entre las calles de Vicente Guerrero e Ignacio Zaragoza, pero pronto disiparía la duda.

Me sobresalté al llegar a una gran bóveda; sin duda, el lugar donde vivió durante años Ácrata. Observé pasmado la altura que alcanzaba, debió ser de al menos dos pisos; con eso confirmé la sensación de descenso que había experimentado durante todo el trayecto. Al entrar la luz de la lámpara se intensificó debido a que todas las paredes estaban encaladas. Distinguí un candil en la entrada de la estancia; mismo que encendí al igual otros cuatro que se encontraban en puntos estratégicos de la cueva. Al final aquella cámara subterránea se veía majestuosa, como una ermita tragada por la tierra.

El decorado era modesto: la cama, una pequeña mesa con un taburete a manera de silla, algunos muebles aquí y allá, un gran escritorio al centro y una cantidad inconmensurable de libros salpicados sin un orden aparente por todos los rincones. Había sectores del socavón en los que incluso los libros apilados formaban pasillos y otros en los que no había otra opción más que escalar sobre ellos para llegar a otra sección. Recibí con agrado el aroma tan familiar a tinta, papel y pegamento de encuadernación.

Por último, encendí la lámpara que se encontraba sobre el espacioso escritorio de Ácrata. Identifiqué unos anteojos de lectura, dos máquinas de escribir Underwood que antaño habían visto sus mejores tiempos, borradores inconclusos con rimas coléricas y provocadoras, periódicos recientes, algunas plumas estilográficas, varios dibujos entre otras cosas; pero lo que acaparó mi atención fue un antiguo mapa de la ciudad en el cual estaban marcados diferentes túneles —diez en total— que atravesaban sus entrañas: de la esquina de las calles Madero y Díaz de León —donde se encuentra la casa de huéspedes— parte un conducto que se abre en dos brazos en la esquina de Iturbide y 5 de Mayo. La guarida de Ácrata yace tres cuadras al sur —5 de Mayo y Galeana— y continúa hasta La Alameda. La mayoría de los túneles están conectados en diferentes puntos. Otros lugares donde inician túneles son: Melchor Ocampo e Independencia, Arista y Miguel Hidalgo, Manuel José Othón y José María Morelos y Pavón, entre otros. Sobre el mapa había una pequeña nota:

Ya que has descubierto el túnel no te será difícil averiguar quién soy. Hay muchas cosas que no pude llevarme y otras tantas que ya no me interesan, estás en libertad de conservar lo que quieras, querido amigo.
Ácrata

Fueron muchas las horas que pasé en ese recinto. La colección de Ácrata era más extensa e interesante a la que tenía acceso en la Universidad. Conforme pasó el tiempo fui remodelando el refugio secreto; construí estantes y libreros para clasificar aquel océano de libros, tarea que me llevó más de tres años. También leí y clasifiqué los artículos que escribió, con diferentes seudónimos, mi benefactor; lo que me permitió conocer su parte oscura. Fue solo cuestión de tiempo indagar quién era Ácrata en realidad, y quiénes los que le servían de contacto con el mundo exterior. El primero en aparecer fue el director de la facultad; desde el día en que me entregó el sobre, me saludaba con una sonrisa cómplice. Aunque nunca hablamos al respecto; pasábamos de largo en los pasillos como dos extraños.

Ácrata formó parte de un movimiento político en nuestro país. En aquel entonces, su partido había logrado mermar la popularidad del gobierno en turno, lo que desencadenó en una casería de brujas en su contra. Algunos de sus amigos fueron asesinados, otros tuvieron la fortuna de exiliarse a tiempo, un par de ellos juró lealtad al partido gobernante y fueron marginados en puestos públicos nada codiciados; Ácrata se quedó. De joven fue un soñador; todo lo que hizo hasta ese día había estado enfocado a mejorar el país que tanto amó; no se casó ni tuvo hijos, intentó llegar al poder para tener la oportunidad de arreglar todo lo que consideraba que retrasaba el progreso y el bienestar de su gente. No fue hasta que empezaron a desaparecer sus allegados que se dio cuenta de lo ingenuo que había sido. Sin embargo, su orgullo y terquedad le impidieron dejar su ciudad; no podía aceptar el hecho de tener que vivir en otro lugar porque así lo había decidido un grupo de personas, por lo tanto, se confinó a los túneles.

La casa de huéspedes fue su hogar hasta el día en que el estado la expropió y posteriormente la malbarató como sí se tratase de una propiedad embrujada que nadie quiere comprar. No estoy seguro todavía de quién construyó los túneles, pero es obvio que ya existían anteriormente ya que su construcción debió llevar varios años; lo que sí puedo asegurar es que no son los mismos que conectan subterráneamente a los templos. Ácrata se encargó de cerrar con sus propias manos todos los accesos menos dos: el que está en el sótano de su casa y el de La Alameda.

¿Cómo es que Ácrata sobrevivió tanto tiempo morando en los túneles? La verdad es que no permanecía allí todo el tiempo, aunque sí la mayoría de él. Aquí es donde entran en juego las personas que lo conocían y lo ayudaban y que fueron su contacto con el mundo exterior. En los túneles se dedicó a arremeter con furia contra el sistema político del país; escribió con varios seudónimos artículos para diversos periódicos, libros, folletines, discursos contra políticos opositores, etc. Esto le redituó mucho más dinero del que nunca imaginó y del que jamás le interesó tener. Es increíble cómo se puede generar tanta riqueza a partir del odio.

Eventualmente, cuando se sentía cansado de destilar tanta ira, salía en la madrugada por el túnel de La Alameda, cruzaba la calle hacia la estación ferroviaria, y se iba de viaje a cualquier lugar de México. A veces se ausentaba por uno o dos meses, pero había viajes que se alargaban hasta un año; sin embargo, siempre le regresaba el sentimiento de hostilidad y tenía que volver a su huesa para seguir escribiendo.

Un año antes de terminar mi primer doctorado falleció doña Delfina. La pobre sucumbió a una extraña enfermedad que la fue apagando poco a poco. En su último año de vida ya era incapaz de llevar las riendas de la casa; además yo era el único inquilino restante. Le contraté una enfermera y una sirvienta, quienes le permitieron, al menos en sus últimos meses, descansar tranquila. La señora Delfina, a quien consideré mi segunda madre, tenía una hija que vivía en Querétaro, pero que, por alguna razón que nunca me atreví a preguntar, no quería saber nada de San Luis Potosí; así que, a la muerte de mi casera, con el «poco más» de dinero que me dejó Ácrata, compré la casa a su hija. Sin importar qué argumentos esgrima, nunca he sido capaz de convencer a mis padres de venir a vivir a la ciudad; los entiendo, es difícil arrancar raíces tan profundas.

Por lo que a mí respecta sigo esperando el regreso de Ácrata. No sé si vive aún o en qué lugar se encuentre; nunca intenté rastrearlo. Lo menos que puedo hacer es respetar su voluntad. Espero siempre a mi amigo por si algún día regresa en esta, su casa, y en esta, su ciudad, en la que ya no tiene nada qué temer ni de quién esconderse.