5 de febrero de 2016

Atardeció en mi ventana

Raquel fue a recibirme al puerto. La vi a lo lejos, espigada y rubia, de puntillas entre la multitud, buscando mi rostro. Me recordó a Judith, su madre, a quien conocí en una función de teatro. Era el intermedio. Yo estaba en uno de los balcones y ella en la platea; levantaba el cuello y miraba hacia atrás, inquieta. Cuando se reanudó la obra fui a ocupar la butaca vacía a su lado.

—Gracias —dije resollando—. Pensé que no encontraría ningún lugar desocupado.
—Estoy esperando a alguien —dijo sin mirarme.
—Disculpe que se lo diga, pero no creo que la persona que espera vaya a venir.
—¿Y usted cómo lo sabe? ¿Conoce a Roger?
—No tengo idea de quién es Roger, pero sí sé que después del intermedio no se le permite el acceso a nadie. A menos, claro, que su amigo sea el dueño del teatro.
—¡Qué insolente! ¿Y a usted cómo es que lo dejaron entrar?
—Tengo buenos amigos.
—¿Si tiene amigos tan influyentes por qué no le dice al caballero de la puerta que deje entrar a...?
—¿Su novio? —la atajé.
—¿Cómo se atreve? —dijo furiosa.
—De acuerdo. Vamos.

Me puse de pie en el pasillo. Judith tomó su bolso y caminó frente a mí hacía la salida, ignorando el brazo que le ofrecí para guiarla en la oscuridad.

Una vez en la puerta le deslicé un billete al portero sin que ella lo notara y le dije:
—Joven, ¿sería tan amable de permitirle a la señorita asomarse a la calle? Su prometido no llegó a la cita que tenían programada y ella asegura que él está parado en la acera, esperándola.

El muchacho lo meditó un par de segundos, guardó el billete en su bolsillo y abrió una de las puertas. La calle estaba desierta. La furia de Judith se transformó en llanto. La abracé por el hombro, le di mi pañuelo y la llevé al ambigú. Ella pidió un café irlandés y yo una copa de coñac.

Me detuve al lado de mi hija quien, al verme, se colgó de mi cuello. Nos abrazamos largo rato, en silencio, antes de dirigimos a la cafetería del puerto, la favorita de Judith, donde sirven el mejor café que he probado en mi vida.
—Pensé que no vendrías —me dijo Raquel.
—Perdóname —le dije por todas las veces que le había fallado.
—¿Estás bien, papá?
—Sí, cariño, es solo que... Esta maldita isla.
—El hecho de que mamá haya muerto aquí no la hace maldita. —Raquel tomó mi mano—. Ya pasaron siete años, es momento de que dejes su memoria en paz.

Cuando el camarero trajo nuestra orden, Raquel, por un descuido, tiró su bolso; era una de esas carteras enormes que estaban de moda y todo su contenido se desparramó por el suelo. El mesero levantó unas carpetas que puso sobre la mesa, frente a mí. Raquel, a su vez, se volcó al piso para recuperar lo demás. Todo sucedió tan rápido que, cuando intenté ayudarlos, ya habían terminado. Mientras Raquel guardaba sus pertenencias leí la portada de una de las carpetas: «Pasado inmarcesible, de Raquel F».
—¿Es uno de tus trabajos de la universidad, hija?
—No. Es una novela que escribí —contestó ruborizada.
—Eso te convierte en la primera escritora de la familia. Me siento orgulloso de ti.
—Ni siquiera sabes si el libro es bueno o malo.
—El arte es lo más subjetivo del mundo. No importa lo que escribas, siempre habrá a quién le guste y a quién no. El mérito es escribirlo... ¿Cuándo empezaste a escribir?
—El día que cumplí nueve años me llamaste por teléfono, estabas fuera de la ciudad...

—Papá, ¿a qué hora vas a venir? ¡Te vas a perder mi fiesta!
—Lo siento, cariño. No podré llegar.
—Pero si ya sabías que hoy era mi cumpleaños, ¿por qué te fuiste de viaje?
—No tuve opción. De cualquier forma te voy a llevar el mejor de los regalos.
—Te quiero aquí, conmigo.
—No llores, hijita. Te voy a demostrar que estamos muy cerca.
—¿Cómo?
—Desde la ventana del hotel puedo ver un hermoso atardecer, ¿estás en mi recámara?
—Sí.
—Asómate a la ventana y dime lo que ves; así sabremos si estamos viendo la misma puesta de sol.

Según me dijo Raquel, ella fue al balcón a observar el ocaso y corrió de regreso con la imagen impresa en su mente para poder contrastarla con la mía. Ella recordó que, aunque ese día acordamos estar viendo lo mismo, al colgar se tiró en mi cama con los ojos cerrados repasando en su recuerdo aquella imagen. Me aseguró que todavía después de tantos años era capaz de evocar aquella puesta de sol.

Cuando abrió los ojos, esa tarde, pensó en escribir lo que me había dicho para estar segura de haber descrito el atardecer tal y como ella lo había visto. Tomó una de sus libretas y empezó a escribir. Al terminar, se percató de que su descripción dejaba mucho que desear y que tal vez, debido a ello, habíamos estado observando diferentes panoramas. Decidió hacer otro intento, y otro, y otro... Pensaba llamarme de nuevo cuando hubiera capturado con las palabras exactas la misma puesta de sol que vio desde la ventana y que con tanta facilidad se había tatuado en su recuerdo, pero no lo consiguió.

A partir de ese día intentó recrear en palabras las cosas que veía; primero paisajes, insectos, casas y, después, sentimientos, vivencias. Fue un paso natural el inventar sus propias historias, personajes, escenas.
—Espero que te guste, papá. Ya me contarás cuando lo termines.

Raquel, con mano vacilante, deslizó el manuscrito hacia mí. Lo abrí en la primera página y leí su dedicatoria.

Por más que lo intenté no pude recordar esa puesta de sol.



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