5 de enero de 2016

Morir con las botas puestas

Todos vamos a morir. Es un hecho. Cualquier persona sabe que cada día que pasa se acorta la mecha de la vida. Don Armando, octogenario, sentía que su fin se acercaba. No temía estar muerto. Que tiraran sus cenizas a la alcantarilla o que su carne sirviera de alimento a los gusanos, daba igual; lo que le aterraba era esa fracción de segundo en que se hace la transición.

Ese miedo lo acompañó siempre, aunque fue a partir de los sesenta cuando más presente lo tuvo. Los velorios de sus amigos eran cada vez más frecuentes: ternos acartonados, rostros sin expresión, apenas reconocibles, de piel plastificada. «¿Qué terrible sensación habrá sufrido este pobre diablo?», pensaba; no obstante, los sepelios no serían eternos y llegó el momento de tachar el último nombre en la agenda y aferrarse a su rutina, lo único que le quedaba.

Una de muchas mañanas de tedio, mientras desayunaba cereal, creyó que una gota de leche se había caído de la cuchara. Observó el mantel, su camisa y el pantalón; oteó el suelo y se asomó bajo la mesa: nada. Parecía haberse esfumado en el aire.

Reflexionó sobre las certezas y lagunas de la vida y, por una extraña relación de ideas, llegó a la conclusión de que la mudanza al otro barrio podía ser indolora si lograba desconectarse de la realidad del mundo. Transparente a los ojos de los demás, el cambio de un estado al otro debería ser tan simple como atravesar una puerta abierta. Valía la pena intentarlo e ideó un plan. Así, a los ochenta y siete años, inició su desconexión del mundo.


Don Armando tenía unos primos lejanos de quienes hacía lustros no sabía nada; en lo que a él concernía, no tenía familiares. Sin parientes que entorpecieran su labor calculó que el desprendimiento le llevaría un par de meses. Era mejor iniciar por lo menos importante, un trámite simple: el contrato de televisión por cable.

Su determinación se puso a prueba; la fila era enorme y a los diez minutos ya le dolían las piernas. Le tomó una hora llegar a la ventanilla. «Las cancelaciones son en Servicio al Cliente, señor. Siga el pasillo, la primera puerta a la derecha.» Se tragó su enojo y se dirigió a la oficina.

Una joven que bien podía ser su bisnieta se deshizo en atenciones y le pidió que escribiera en un papel el motivo de la cancelación. Don Armando nunca había dicho tanto con el lenguaje corporal y tan poco con la boca.

Los lentes de lectura se habían quedado en casa, pero estaba decidido. Con mano temblorosa expuso sus motivos. No los reales, claro; tampoco quería pasar por un demente. Si bien elogió a la compañía porque jamás había tenido un solo problema y la programación le parecía de la mejor calidad, fue directo e inflexible: su decisión era ineluctable.

Abandonó el edificio convencido de que el cordón umbilical que lo unía al mundo se desprendía un poco más.


Retiró el dinero que tenía ahorrado y canceló sus cuentas bancarias. A pesar de que no era muy sociable pronto se percató de que lo más complicado sería que las personas se olvidaran de él. La encargada de la lavandería, el farmacéutico, el dueño del estanquillo. Pensó en frecuentar nuevos establecimientos, pero eso lo expondría a más gente. Por ningún motivo suspendería su medicamento o dejaría de comer: el suicidio no era lo que buscaba. La solución fue programar entregas a domicilio antes de desconectar el teléfono y ocuparse él mismo de la colada. Tenía lavadora automática, pero ya le habían cortado la electricidad. Se cambiaba de ropa una vez al mes y usaba la menor cantidad de vestimenta posible porque le resultaba agotador lavar a mano. Dejó de calzarse. Por las noches evitaba encender velas para que su trémulo resplandor no escapara por los resquicios de las cortinas. Los postigos permanecían cerrados para que el viento no inquietara al polvo que se acumulaba en los rincones. Tras semanas de no conversar con nadie don Armando olvidó el sonido que emitía al hablar, pero no las voces de sus amigos difuntos, mucho menos la de Clarisa, su mujer, fallecida veinte años atrás. Se desplazaba entre las habitaciones con lentitud, sin hacer ruido y solo en caso de ser indispensable: quería que las paredes se olvidaran de él.

Escuchaba a la Dama de Negro en los ruidos nocturnos, la veía en las sombras, la sentía en las sábanas. Cuatro meses y la separación no se completaba.

Sospechó que existía una fuerza que lo alejaba de su cometido; algo inmaterial, etéreo. Lo llamó Petimetre. Le frustraba pensar que un ente se fijara en él; como si el hecho de pasar desapercibido a las personas lo hiciera más notorio ante los espíritus. Estaba convencido de que el espectro se había mudado a su casa, que sería imposible librarse de él, y empezó a hablarle. Quería aburrirlo, fastidiarlo para que se ocupara de otros asuntos, pero, sobre todo, deseaba contrarrestar la monotonía que en ocasiones le parecía insoportable. Y la nostalgia, tan arraigada en su vida que le resultaba imposible imaginar un solo día sin ella; tan irreal, el pensamiento, como la certeza de que la casa seguía impregnada con el olor de Clarisa.


El llanto de un niño lo despertó un sábado por la mañana. Estaba acostumbrado a los ruidos amortiguados del exterior, pero aquellos sollozos intermitentes se oían demasiado cerca. Se deslizó por el pasillo hasta la ventana que daba a la calle. Exagerando precauciones, se asomó al pórtico. Vio una cabeza de cabello castaño ondulado y una espaldita temblorosa; el chico debía tener siete años, no más, y suspiraba con tal profundidad que daba la impresión de que el mundo a su alrededor se había colapsado. Don Armando regresó a la cocina. La sangre le hervía.

«¡Esto es una bajeza, Petimetre! —pensó, mientras rodeaba la mesa con pasos apresurados y hacía aspavientos con los brazos—. ¿Mortificar a un chico solo para retenerme aquí? ¿No tienes mejores cosas que hacer en el Infierno que molestar a un viejo y a una criatura inocente? Sí, en el Infierno, porque no puedes provenir de otro sitio, maldito demonio... Meses sin asomar la nariz. Semanas de sacrificio, de hastío, de mirar la puta pared por temor a ser visto por la ventana, ¿y ahora esto? ¿Qué frustraciones habrás sufrido en vida que en lugar de descansar como un muerto decente te empeñas en hacer mi existencia miserable? No. No solo mi vida, ¡también quieres arruinar mi muerte! Desgraciado.»

Don Armando se detuvo. La nube de polvo que levantó en su rabieta fue como si los fantasmas se hubieran materializado para defender su orgullo. Tosió. No intentó sofocar el ruido. Subió al dormitorio y forzó la puerta del armario: había tirado la llave a la basura hacía meses. Se vistió, se calzó. Le molestaron las botas, había perdido la costumbre de usarlas. Bajó y se detuvo frente a la entrada, cogió el pomo de la puerta, respiró hondo y la abrió.


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por Fernando Castellano Ardiles
San Luis Potosí (México)
www.latribu11.com


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