5 de mayo de 2016

Página 206

Hace algunos años me pasó algo curioso que cambió mi criterio de lectura; y es que, siempre que iniciaba un libro, sin importar lo bueno o malo que fuese, debía terminarlo. Esto me acarreó muchas decepciones y malos ratos; al grado que no me atrevía a abordar cualquier volumen sin tener la certeza de que, al menos, me resultaría decente.

Uno de esos días en que se conjugan una variedad de factores, un punto de quiebre, el efecto dominó, o como quieran llamarlo, me fue imposible llegar al final de una novela; de esas como hay muchas, simplemente intragable. Anochecía, el calor se replegaba para arremeter con mayor fuerza al día siguiente; yo, sentado en el sillón reclinable donde aprendí a amar la lectura, me arrellané, apoyé la cabeza en el respaldo, y observé las sombras de los árboles en el cielorraso.

No sé cuánto tiempo permanecí inmóvil, hipnotizado por el vaivén de las siluetas desgarradas; pero debió ser mucho, porque las hojas del libro estaban húmedas y deformadas tras embeber el sudor de mis manos; y entonces, hice lo que no me había atrevido a hacer nunca: cerrar el libro a la mitad —en la página 206 para ser exactos—, sin separador, con la firme intención de olvidarme de él... A partir de ese momento el número está tatuado en mi mente y, cuando lo reencuentro en un libro diferente, me arranca una sonrisa y me recuerda que la lectura debe entretenerme, cultivarme, deleitarme, pero nunca más aburrirme.


En el librero, en espera de una nueva generación que se interese en él, reposa el libro que, aunque no fue capaz de retener mi atención hasta el final, sabe que representó un momento importante en mi vida y, erguido y orgulloso, ocupa un lugar preponderante en lo alto de los estantes donde vigila y alienta a los nuevos ejemplares que, gracias a él, arriban con un futuro incierto.



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