5 de mayo de 2015

Tsoenami

        ¿Qué es el miedo?, preguntó mi padre la mañana que Azah, mi hermano mayor, partía a su iniciación. Según la tradición debía sobrevivir en el islote sagrado durante un ciclo lunar; al regresar, sería un hombre. Estábamos todos reunidos, incluso las mujeres, para despedirlo y desearle buena suerte. ¿Qué es el miedo?, nos preguntó, mirando al cielo. Nadie respondió. Me dio la impresión de que sabía que la respuesta no podía provenir de nuestros labios y esperaba a que cayera de las estrellas en cualquier momento. Tal vez se hacía la pregunta a sí mismo mientras reunía el valor suficiente para dejar ir a su primogénito o simplemente miraba hacia arriba sin pensar en nada. Nunca lo supe.

        Caminaron solos hacia la costa. Mi padre debió darle un último consejo, insuflarle valor y comprobar la seguridad de la balsa que construyó, sin ayuda, Azah.

        Mi hermano volvió ileso e hicimos una fiesta en su honor. Parecía ser el mismo, pero no era así. Observaba el entorno de otra manera, como si de repente todo hubiera adquirido un nuevo significado; caminaba más erguido; hablaba menos. Mi padre estaba orgulloso de él.

        Yo no podía pensar en otra cosa, estaba obsesionado y el tiempo se deslizaba con desesperante lentitud. Mis hermanos fueron y regresaron del islote, uno a uno; mis hermanas se casaron. Ansiaba acompañar a los adultos en las cacerías nocturnas, participar en sus ritos, que mi padre me viera como a un igual.

        Mi padre formaba parte del grupo de ancianos cuando llegó el día que tanto esperé. Esa mañana me hizo la pregunta que nadie había contestado, aquella que parecía no tener respuesta. ¿Qué es el miedo, Kouam? Le dije lo que había ensayado en mi mente durante años: «No sé, ¡nunca lo he sentido!». Mi padre frunció el ceño; debió buscar en sus recuerdos la imagen del pequeño Kouam corriendo a sus brazos en busca de protección o llorando por temor a la oscuridad; sin embargo, al parecer no encontró ninguna y sonrió complacido. Posó sus manos firmes sobre mis hombros. Su vista se nubló y yo me mordí los labios para no llorar. Serás un hombre digno.

        Mientras caminábamos hacia la costa le pregunté contra qué animales me enfrentaría y si debía poner trampas o subir a los árboles y aguardar agazapado con mi lanza. Me miró con una sonrisa cómplice y alborotó mi cabello. No te preocupes por los animales que puedas encontrar, Kouam, preocúpate por encontrarte a ti mismo. No entendí a qué se refería, pero no podía demostrarle debilidad o duda, no en ese momento. Echamos mi balsa al mar. Me deseó suerte. Su silueta se fue haciendo pequeña, mantenía el brazo en alto a manera de despedida, y cuando estuve lejos, lo suficiente para que no distinguiera mi rostro, miré al frente y lloré. Fue la última vez que lo vi.

        El islote sagrado no parecía estar lejos; de niño pasé tardes enteras escrutando su silueta en espera de avistar a las bestias gigantes que, según los relatos, habitaban allí. La excitación me hizo remar con ímpetu, pero pasó mucho tiempo, el sol seguía subiendo y yo sentía que la balsa no avanzaba. Miré hacia atrás y desconocí mi propia isla, se veía más pequeña que el islote. Estaba agotado. Me acomodé y cerré los ojos para hablar con nuestros protectores; les pedí que me ayudaran a llegar a salvo, que alejaran a las bestias de mi camino. No sé cuánto tiempo transcurrió; estaba rezando cuando un estruendo, como si una gran roca hubiera caído al agua, me sobresaltó y caí al mar. El sol iluminaba la superficie, pero más allá había un espacio inmenso sumido en la oscuridad total, un gran vacío. No podía apartar la vista, pensaba en los animales marinos gigantes de las historias, algunos tan grandes que podían tragar cien hombres de un bocado. Me había sumergido sin tomar aire, me asfixiaba y sentía que las bestias estaban al acecho, en espera de que me distrajera para salir del abismo y atacarme. Estaba paralizado, a tal grado que llegué a pensar que era preferible morir ahogado a ser engullido por una bestia, pero, cuando el dolor en el pecho fue insoportable, me apresuré a impulsarme hacia arriba. La balsa se mecía en las olas; nadé hacia ella. El sol no se había movido un ápice. No podía permanecer allí, en medio de la nada.

        Llegué al islote al romper el ocaso. Los rasgos que tan bien conocía por mis observaciones a distancia adquirieron un tamaño descomunal. La vegetación era tan densa que la luz del día no la penetraba. Las olas arremetían con furia el acantilado de roca que tenía enfrente; tuve que bordear el islote en busca de una playa de aguas más tranquilas.

        Estaba agotado cuando pisé la arena; me hormigueaban brazos y piernas y las últimas fuerzas que me quedaban las ocupé en arrastrar la balsa hasta la primera línea de árboles, atarla a una palmera y buscar el sitio cercano más protegido para dormir. Desperté al amanecer, alerta, pendiente de cualquier ruido o movimiento; sentía el corazón latiendo en todo el cuerpo y me sudaban las manos. Mi lanza no estaba. Asustado, recogí una piedra del tamaño de un puño, la única arma que encontré, y me dirigí al sitio donde había dejado la balsa. No estaba. No había nada allí. ¿No la había atado con suficiente fuerza y la marea se la había llevado? Lo medité unos instantes, pero me pareció que no era posible. Tuve la sensación de mil ojos mirándome.

        El islote era pequeño en comparación con nuestra isla. Caminé por la arena en busca de una rama que pudiera usar como lanza, sin apartar la vista de la maleza ni atreverme a ingresar en la espesura.

        Un coco cayó en la arena y me recordó que tenía hambre y sed; lo comí pronto, haciendo el menor ruido posible, pero no fue suficiente. Debía encontrar agua y comida. Sobre la vegetación se alzaba un enorme peñasco; el pico más alto del islote. Me dirigí allí. Sentí un escalofrío al cruzar la barrera de árboles. La temperatura era mucho menor allí dentro, mis ojos tardaron en acostumbrarse a la penumbra. Mientras avanzaba escuché los sonidos habituales de la selva. Se cruzaron algunos animales a mi paso. Ninguna bestia.

        Descubrí una gruta en lo alto del peñasco; la abertura era estrecha, ningún animal de mayor tamaño que el mío podría entrar. Busqué ramas secas y encendí fuego. Hice una antorcha para explorar el interior. Las paredes tenían dibujos y símbolos que reconocí al instante; eran las obras de innumerables hombres de mi tribu que, como yo, estuvieron allí cumpliendo con su iniciación. En ese momento comprendí. Los ancianos narraban historias de grandes peleas libradas contra los animales gigantes del islote sagrado; decían que tiempo atrás las bestias y los hombres compartíamos la misma isla, enzarzados en constantes luchas, hasta que los abuelos de nuestros abuelos ganaron la batalla y desterraron a las bestias al islote sagrado; desde entonces, los jóvenes debían viajar al islote y probar que estaban listos para ser hombres. Era una forma de demostrarle a las bestias que permanecíamos allí, vigilantes, que seguíamos siendo una raza fuerte; un recordatorio constante de que no podían aventurarse más allá del islote. Sin embargo, mis hermanos habían pasado por la iniciación, también los hijos de otras familias y ninguno de ellos había muerto. Volvían ilesos. No era posible que un chico, solo, pudiera pelear contra las bestias cuando en el pasado había sido necesaria la fuerza de la tribu entera para desterrarlas.

        Salí en busca de comida. Encontré fruta y agua potable en abundancia, pero ningún animal temible. Aquello debía significar algo, no podía ser tan sencillo. Tenía que descubrir la finalidad de estar allí. Las últimas palabras de mi padre estuvieron presentes en todo momento: debía encontrarme a mí mismo. Supuse que la mejor manera de hacerlo sería imitando a los ancianos, los sabios, quienes permanecían gran parte del día sentados, observando lo que sucedía a su alrededor, en silencio. Y así lo hice. Me acomodé en la parte más alta del peñasco y observé el mar, los árboles, las aves. Desde ahí veía nuestra isla e imaginaba a mi padre en la playa, mirando hacia donde yo me encontraba, con su sonrisa cómplice, consciente de que estaba a salvo y que pronto cazaríamos juntos, hombro a hombro.

        Al tercer día ocurrió el terremoto.

        No me preocupé, los temblores eran frecuentes en nuestra isla y ese no fue especialmente violento.

        A las pocas horas se retiró el mar. Jamás había visto nada parecido. No sabía qué pensar, qué hacer; no tenía miedo, estaba intrigado, hasta que vinieron las olas. Cada una más grande que la anterior. Me sentí a salvo, en lo alto del peñasco; pero desde allí pude ver cómo nuestra isla parecía sumergirse poco a poco, bajo un maretazo que lo arrasaba todo.

        Cuando el mar regresó a su sitio había animales muertos y árboles derribados por doquier; los peces saltaban en la tierra en busca de agua, miles de ellos. Descendí a la playa; debía construir otra balsa. Aún no terminaba mi iniciación y volver antes de tiempo se consideraba una deshonra, pero no podía quedarme sin hacer nada, con la angustia atorada en la garganta.

        A falta de las herramientas necesarias demoré un día entero en la balsa. Cuando estuvo lista ya era de noche y no podía exponerme a remar hasta la isla sin luz, a merced de las bestias marinas. Tuve que esperar a la mañana siguiente. Fue la noche más silenciosa de mi vida; parecía que todo había muerto.

        Busqué durante días, pero la tribu había desaparecido. Ni un cadáver, choza, nada. Como si nunca hubiera existido.

        Vinieron las lluvias, el frío, el calor. Se repitió el ciclo muchas veces, no sé cuántas. Soy mayor que mi padre la última vez que lo vi. Yo sería un anciano, habría elegido una pareja, mis hijos se habrían iniciado. Todavía hoy, en el ocaso de mi vida, no soporto el silencio. Cuando no percibo ningún ruido siento que el aire me abandona de la misma forma que el océano se retiró de la costa aquel día.

        Lo he soñado mil veces. Camino al lado de mi hijo, casi tan alto como yo. Un último consejo, un abrazo. Contengo el llanto. Intento leer lo que esconde su mirada de niño. Se aleja en las aguas agitadas. Mi padre al lado, con el brazo extendido y su sonrisa cómplice, despidiendo a su nieto. ¿Resistirá la balsa? Ansiedad y agua. Mucha agua.

        ¿Qué es el miedo?, me pregunto ahora. Mi compañero, el único testigo de mi existencia, el que me recuerda a cada instante que las bestias de las leyendas siguen aquí y que han abandonado el islote sagrado.


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por Fernando Castellano Ardiles
San Luis Potosí (México)
www.latribu11.com



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