5 de junio de 2015

Arritmia

Había transcurrido un lustro desde el fallecimiento de mi padre cuando nos vimos en la necesidad de arrendar el ático —su antigua oficina y guarida— para poder salir adelante con los gastos de la casa. Debido a que mi madre no había reunido el valor suficiente para subir, el desván permaneció cerrado durante mucho tiempo; sin embargo, ya no quedaba otra opción. Recuerdo cómo intentaba reconstruir mentalmente aquella buhardilla donde mi viejo moraba; no obstante, apenas tenía seis años la última vez que había subido, las imágenes eran difusas y, salvo algunos detalles como el pequeño avión que pendía del techo, la fotografía de su servicio militar o el sillón rojo donde pasaba horas leyendo, era incapaz de reunir los retazos para ensamblar una estancia tridimensional en mi mente.

Antes de subir armados con paños y escobas, decidimos echar un vistazo; era mejor tener las manos libres, por si acaso. Mi madre estaba tan alterada que me ofrecí a ser el primero. A partir de ese momento, dejó de verme como a un niño.

Ascendimos las escaleras con recelo, como si esperásemos que alguien nos asustara al llegar a la puerta. Mi madre intentaba ahogar sus sollozos, pero conforme avanzábamos, se hacían más patentes. A solo tres peldaños de nuestro destino me detuvo jalándome del brazo. Me observó en silencio, con semblante decidido y me entregó la llave.

Los goznes de la puerta, una vez liberados del herrumbre, entonaron un aullido agudo que me pareció ser más de alivio que de dolor. Lo primero que percibimos fue un denso aroma a papel almacenado, como el que se aspira en las bibliotecas de las ciudades donde la gente no lee. Mi madre había cubierto con cartulinas las ventanas cinco años atrás; así que el cuarto permanecía enfrascado en una negrura casi total.

Permanecimos inmóviles unos instantes en el umbral permitiendo a nuestros ojos que se acostumbraran a la endeble luz. Poco a poco el ático fue develando sus tesoros. Con gallardía, mi madre arrancó los cartones. La estancia, aún colmada con la luz del mediodía, se apreciaba plomiza debido a la espesa capa de polvo que se había cernido sobre cada rincón del altillo, que por cierto, era más pequeño que en mis recuerdos.

A medida que inspeccionábamos fueron emergiendo en forma de destellos algunas vivencias pasadas. Mi madre se abstenía de tocar los objetos y caminaba con cuidado —no supe si evitaba ensuciarse o molestar al espíritu de mi padre—. Una vez revisado el ático enfilé hacia las escaleras diciendo: «Bueno, Ma, vamos a limpiar».

Cuando regresé equipado con los utensilios de limpieza, descubrí a mi madre absorta en sus pensamientos observando las fotografías colgadas frente al escritorio; la miré aliviada, esbozaba una sonrisa que me enterneció y, con el afán de agradarla, le dije: «Ma... Yo puedo quedarme en este cuarto. Me gustaría dejarlo así como está; además, los futuros huéspedes estarán más cómodos en mi habitación». Sin darme oportunidad de soltar las escobas ni el balde, me abrazó diciendo: «Gracias, hijo».

Ese domingo, con la calma y el cuidado de arqueólogos, limpiamos el ático. Mi mamá hizo las paces con su pasado y yo conocí mejor a papá. De vez en cuando nuestra labor se interrumpía con algún comentario: «Mira, hijo, ven a ver a tu padre cuando estaba en la secundaria», o bien: «Aquí están las cartas que le escribí antes de casarnos».

Sacudía el sillón carmesí cuando mi madre se sentó a mi lado con una caja antigua de puros, la misma que según dijo, contenía los «tesoros de papá». Destacaban una pluma estilográfica que había pertenecido a mi abuelo, las mancuernillas que usó el día de su boda, su alianza y su reloj de pulsera. Algo había en ese reloj que me impedía soltarlo o apartarle la vista; su carátula redonda y dorada, sus manecillas ocre y una correa negra de piel deteriorada por el uso. No era una pieza ostentosa, lo encontré más bien discreto.

—El único reloj que le conocí a tu padre, hijo. Ahora que lo pienso, solo se lo quitaba para bañarse.
—¿Conoces su historia?
—No, hijo, lo siento. Lo tenía incluso antes de conocernos y nunca le pregunté sobre él. La semana próxima vendrán tus tíos a comer y le podremos preguntar a Julián si sabe la historia.
—Pero mira, no funciona —comenté con decepción.
Mi madre lo tomó, lo acercó a su oreja y lo agitó con cuidado.
—Tal vez la pila requiera cambio, hijo —adujo.
—¡Mira, Ma, se mueve! Pero es extraño, esta manecilla no brinca como las de los relojes que he visto, su movimiento es continuo.
—Huy, hijo... Yo no sé de esas cosas, pero tu tío, seguramente sí.
—¿Puedo quedarme con él, mamá?
—¡Claro! Todo lo que hay aquí es tuyo, amor.
Mi tío Julián, con los ojos inyectados de nostalgia, nos relató la historia poco extraordinaria del reloj. Como cualquier persona que tiene gusto por algo, mi padre ahorró durante todo un año para comprarlo.
—En aquellos años no existían los movimientos de cuarzo —nos explicó mi tío—: comprar un reloj representaba un desembolso importante.


El día del examen de admisión en la facultad de Derecho, me levanté temprano y desayuné con mi madre para relajarme un poco.
—Estoy segura de que te irá muy bien en tu prueba. ¡Serás el primer abogado de la familia!
—Espero que sí, Ma... Estoy muy nervioso.
—¡Vamos, hijo, llevas tres meses estudiando! No te vayan a traicionar los nervios... Dime, ¿qué hora es?
—Es temprano, Ma —contesté después de consultar mi reloj—, tengo tiempo incluso de llegar y dar un repaso final.
—No hagas eso, hijo, puedes confundirte. Mejor piensa en otra cosa.
—¿Crees que a papá le hubiera molestado que no estudiara ingeniería como él?


Tuve que franquear un gran corro para llegar al portón de la Universidad, que para mi desconcierto, estaba cerrado. Un vigilante arisco ignoraba las súplicas de la multitud que esperaba una oportunidad para ingresar. El custodio se limitaba a señalar el reloj de la torre principal diciendo: «Mañana habrá segunda vuelta, lleguen temprano».

Sincronicé mi reloj con el de la atalaya; ya que el mío tenía media hora de retraso. Pensé que tal vez solo le hacía falta mantenimiento. Al día siguiente me levanté antes del alba, no obstante, llegué a la facultad apenas cinco minutos antes de que prohibieran el acceso. El portero consultó la hora con tedio, e indiferente, me permitió ingresar. Me sorprendí al percatarme de que mi reloj ahora se había atrasado una hora, pero no le presté atención en ese momento, debía concentrarme en mi evaluación.

Salí del aula eufórico, estaba seguro de que aprobaría el examen. Me dirigí a la salida buscando el edificio principal para ajustar mi reloj y me llevé una gran sorpresa: ¡ambos marcaban la misma hora!

Debido a que después de aquel incidente el reloj funcionó a la perfección, me olvidé del asunto; hasta el día en que conocí a Viviana y a Cristina.

Durante mis años de estudiante acostumbraba levantarme antes de la aurora para llegar a tiempo a la Universidad y, en los días de descanso, dormía sin preocupación hasta tarde. Un sábado de otoño me despertaron los tibios rayos de sol en el rostro: había olvidado cerrar las cortinas. Sin embargo, pocas veces tenía la oportunidad de contemplar un amanecer y aquel me pareció extraordinario; supe que sería un buen día.

Saqué la basura en la mañana y allí, en la entrada de la casa de Joaquín, estaban sus dos primas. Fueron sus risas las que me hicieron voltear hacia donde se encontraban. Me quedé paralizado con las bolsas en las manos como un bicho que sabe que es objeto de escrutinio; sin darme vuelta, regresé torpemente sobre mis pasos intentando fingir naturalidad. Una vez dentro, me paré frente al espejo del pasillo y lo comprendí todo. ¿Cómo no se iban a burlar de mí si estaba despeinado, con la misma bata que había tenido desde los trece años —que por cierto no tenía el cordón para amarrarla—, dejando al descubierto mi ropa interior y usando un calcetín negro y el otro blanco?

—¿Qué te pasa, hijo? Estás pálido... ¿Por qué volviste a entrar con las bolsas de basura?
—¡Maldición! Solo eso me faltaba.
—¡Hijo! ¡No maldigas por favor! —me reprochó arrebatándome las bolsas—. Dámelas, yo las saco.
Permanecí obcecado espiando por la mirilla de la puerta cuando súbitamente Joaquín y las risueñas se acercaron a platicar con mi madre. Transcurrieron un par de angustiantes minutos hasta que mamá regresó con una sonrisa que no me gustó nada.
—¡Pícaro! Quieren que los acompañes al cine esta tarde... ¿Será que ya se acerca el tiempo de que sea abuela?
—¡Mamá!
—¡Ay, hijo! ¿Qué tiene de malo? Tu padre y yo a tu edad ya éramos novios. Además —agregó exagerando aún más el gesto—, ¡ya quiero nietos!
Me limité a dar vuelta y subir las escaleras; antes del primer café del día, carecía de argumentos para discutir.
—¿Hijo?
—¡Ah?
—¿Cuál te gustó más, la rubia o la trigueña?


El fin de semana posterior a la ida al cine me cité con Viviana —la rubia—, para tomar un café en el centro. Cuando llegué a la plaza donde están las cafeterías no la encontré por ningún lugar. Me entretuve paseando aproximadamente media hora con una idea rondando en mi cabeza. Al fin me decidí a preguntar la hora y comprobé lo que me temía: mi reloj estaba atrasado.

A partir de ese día descubrí que mi padre se comunicaba conmigo por medio del reloj. Antes no creía en esas cosas, pero todo tenía sentido. Primero, el día del examen de admisión —sin duda mi padre hubiera querido que fuera ingeniero como él—; y ahora, mi cita con Viviana —mi madre, en una de muchas pláticas, me había mencionado que a mi padre no le gustaban las rubias—. Caminé hasta encontrar una tienda departamental y compré un reloj barato de cuarzo; según mi tío Joaquín, esas modernas maquinarias desechables era más precisas que las de los antiguos relojes mecánicos, y así, con un reloj en cada muñeca, podría comprobar mis sospechas, solo tenía que invitar a Cristina —la trigueña, como mi madre— a salir: sí el reloj se atrasaba, al viejo no le gustaba esa chica para mí, aunque si mis sospechas eran ciertas, el reloj debería adelantarse en esta ocasión.

Como se imaginarán, el reloj hizo lo propio. Aquella cita con Cristina fue un desastre; una mezcla de excitación y melancolía me impidieron dejar de llorar. Cristina, en lugar de alejarse de aquel muchacho que en su primera cita lloraba como una Magdalena, me trató con ternura e incluso derramó una lágrima al escuchar la historia de mi padre y el reloj. Nunca me atreví a contárselo a mi madre, ignoraba qué reacción tendría; y ya había llorado suficiente la memoria de papá. Eventualmente dejé de usar dos relojes. Llegué a conocer tan bien el ritmo de las manecillas que fue innecesario otro parámetro para saber lo que mi padre intentaba comunicarme.



Me encuentro sentado en la poltrona de un avión que, por alguna razón que desconozco, hizo escala en una ciudad alemana cuando debió dirigirse a Londres antes de atravesar el Pacífico. Al parecer no será un retraso significativo; además, estoy acostumbrado a los vuelos largos y me encuentro feliz leyendo un correo electrónico que me envió Cristina comunicándome que nuestro tercer hijo, Gustavo, ha dado sus primeros pasos. Me distrae un pasajero inquieto que —al parecer en flamenco— externa su queja a una sobrecargo quien, en perfecto inglés lo exhorta a que se siente, ya que el avión está a punto de despegar. El ciudadano de nacionalidad desconocida, frustrado, expresa su descontento a la aeromoza señalando con el índice su muñeca: el gesto universal para pedir la hora. Se enciende la luz que nos obliga a abrocharnos los cinturones de seguridad. Llevo mi vista al reloj. Sus manecillas caminan en sentido contrario.




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