5 de julio de 2015

Ácrata

No olvidaré la fecha: 12 de enero de 1908, un invierno como pocos. Esa madrugada desperté entumecido; el cansancio me había vencido mientras leía, y me dormí sin siquiera taparme con el cobertor. Exhalaba vaho y mis extremidades estaban petrificadas. Me senté en el catre y empecé a masajear mis rodillas; una vez reactivada la circulación, me levanté para observar a través de los postigos de la ventana el cielo ensangrentado y la ciudad cubierta por la nevisca. Me eché una manta sobre los hombros y salí al pasillo. Vi rescoldos extintos en la chimenea; no me extrañó, a pesar de que la ciudad de San Luis Potosí era nueva para mí en aquellos años, ya estaba al tanto de sus cambios abruptos de temperatura; seguramente la señora Delfina no había considerado necesario encender el fuego.

Caminé trémulo hacia las escaleras que daban a la planta baja, pero al llegar al rellano, me paré en seco intimidado por la oscuridad que impedía ver más allá de algunos cuantos peldaños. Volteé a los lados buscando en vano una lámpara de aceite y finalmente, en compañía del atizador —que por lo menos iluminaba mi valentía—, descendí a tientas hasta la cocina donde abundaban las velas de cebo. Ahora venía la peor parte: bajar al sótano para conseguir algunos leños.

Como una extraña encarnación de celador —una vela en la mano izquierda, un atizador en la derecha, en ropa interior, con una manta sobre los hombros y usando solo calcetines— abrí la pequeña puerta de madera mohosa que se encontraba en un extremo de la cocina. Me recibieron un aroma parecido al de los puertos y el más sepulcral de los silencios; respiré una bocanada de aire denso y bajé los peldaños húmedos con toda la calma que mis nervios crispados me permitieron. A cada paso escuchaba la madera podrida rechinando, la queja constante de mi rodilla derecha y el rugir de mi estómago reclamando algo de alimento; me sentía como atrapado dentro de una esfera de vidrio.

Levanté la vela, pero ni así pude iluminar toda la estancia; los objetos apilados llegaban hasta el techo; el lugar era una fusión entre cueva y tiradero de enseres inservibles. Para mi alivio, descubrí inmediatamente una pila de leña a mi izquierda; tan solo a diez pasos de donde me encontraba. Con ánimo renovado —sin haberme sacudido del todo el miedo—, me encaminé hacia el rimero que pronto me proporcionaría calor. A pesar de tener los pies empapados, me sentía cada vez más resuelto; no obstante, nada me prepararía para el sobresalto que me aguardaba: el peor susto de mi vida.

Escuché un sonido; apenas un suspiro a mi derecha y, al voltear de golpe, quedé atónito. Sobre el piso, en posición fetal, yacía un anciano de barbas y cabellos grises y largos, apenas cubierto con una indumentaria astrosa y abigarrada; temblaba incesantemente, se veía muy enfermo, como si fuese a morir en ese instante. Evitaba mi mirada como un animal herido y orgulloso. Ignoro cuánto tiempo —segundos o minutos— permanecí observándolo, pero al fin reaccioné y, con una voz desarticulada que ni yo reconocí como propia, le hice la pregunta más estúpida posible dadas las circunstancias: «¿Se encuentra usted bien?».

Como era de esperar no obtuve respuesta; aún así, mi torpeza alcanzó un nivel superior cuando dije: «No se mueva, enseguida regreso».

Lo único que discurrí fue ir por la caja con medicamentos que la señora Delfina guardaba en la alacena, algo de leche y una hogaza.

—Mire, señor..., traigo estas medicinas, aunque no sé cuál...
El indigente me impidió terminar la frase; se sentó con dificultad, me arrebató el cajón y lo acercó a la luz de la vela; leyó una por una las etiquetas de los frascos; abrió uno y apuró su contenido, se guardó otros dos pomos, tomó el pan y la leche y se dispuso a comer.
—Me has salvado la vida, muchacho. ¿Cómo te llamas? —dijo con una voz inesperadamente refinada.
—Ricardo, señor.
Inclinó la cabeza haciendo una reverencia discreta y agregó:
—Pensé que esta sería mi última noche... Interesante para alguien que no cree en milagros.
—Y usted, señor, ¿cómo se llama?
—Deseché mi nombre hace tiempo, Ricardo; ya ni sé cuánto. Pero puedes llamarme Ácrata..., me gusta esa palabra.
Limpió su mano sobre el tapiz de un mueble abandonado y me la tendió con elegancia.
—Mucho gusto, señor Ácrata... ¿Cómo entró usted aquí?
—Es una larga historia y estoy muy débil para conversar. —El viejo se quitaba los restos de pan atorado entre los dientes con los dedos de la mano—. Veo que has bajado por leña; esta casa sería inhabitable en invierno de no ser por la chimenea. Anda..., en una semana estaré recuperado y podré contarte, si así lo deseas, mi historia.
—Sí, señor.
—Bueno pues, no se hable más. —Ácrata me ofreció la mano con la que se había limpiado la boca; dudé unos instantes en estrecharla—. Todavía te quedan unas horas de descanso; por tu edad intuyo que estás estudiando y no hay nada más importante en esta vida que la persecución del conocimiento; en siete días, cuando todos estén durmiendo, me podrás encontrar aquí, y... Ricardo —agregó haciendo una pausa teatral.
—¿Señor?
—Te aconsejo, por tu seguridad, que no hables de mí con nadie.
—Sí, señor... No, señor; quiero decir, no lo haré, señor.
—El «Señor» está en los cielos, Ricardo... Ja, ja, ja; no es verdad. No hay nada en el cielo que no sean nubes y aire; me refiero a que hoy te has ganado a un amigo y los amigos nos tuteamos.

Encendí el fogón y me senté unos instantes frente a la chimenea para calentarme. Me sentía bien por haber ayudado al anciano, pero ¿cómo habría llegado allí? ¿Sabría alguien en la hostería sobre su existencia? ¿Era inofensivo? Cavilé varios minutos al respecto hasta que el sopor me venció.
—¡Criatura del Señor! —dijo sorprendida la casera al verme dormido en pleno pasillo—. ¡Pobre de ti, seguramente te morías de frío anoche!, y yo que no encendí la chimenea, pero ¿cómo iba a saber que haría tanto frío en la madrugada? ¡Debes haber pasado una noche terrible!
—No, señora Delfina, no se preocupe. —Había pasado una de las peores noches de mi vida, pero no quise hacerla sentir mal—. Dormí bastante bien.
Apenas pude terminar mi desayuno. Doña Delfina me consentía con más atenciones que de costumbre, pero mi apetito, encaprichado, se había ido. Me dediqué a observar el comportamiento de todos los huéspedes y a ver de reojo la entrada que conducía hacia Ácrata. Todos se comportaron normalmente y la puerta permaneció cerrada. ¿Habría sido un sueño?

Pasé una semana ocupada; entre las clases, las tareas y mis labores de becario, apenas recordé a Ácrata.

A la media noche del día pactado me encontraba en mi habitación sentado sobre el alféizar de la ventana con los brazos cruzados y la mirada perdida en la oscuridad, esperando escuchar los ronquidos de la señora Delfina para bajar a cerciorarme de que el viejo en realidad existía o si lo había soñado. Al percibir la señal esperada me dirigí a las escaleras sigilosamente; llevaba conmigo una lámpara de aceite, un cortaplumas —uno nunca sabe—, algunas medicinas y un poco de comida. Tardé una eternidad en bajar los escalones para llegar a la cocina; los peldaños se empecinaron en delatarme crujiendo como nunca lo habían hecho; afortunadamente su cometido resultó en vano.

Así el picaporte pero no lo giré al instante, una duda me embistió. Todo aquel asunto me pareció repentinamente absurdo; me sentí como un tonto. Tal vez tuve miedo. Me imaginé ahí parado con la mano en la perilla y me brotó una sonrisa nerviosa. Por otro lado, ¿podría vivir con la incertidumbre?; además, sabía que cada vez que me mirara en un espejo vería tatuada en mi frente la palabra «cobarde». Abrí la puerta y descendí con una valentía forzada por mi orgullo herido.

—¿Ácrata? Amigo, ¿estás allí? —musité mientras avanzaba al punto donde lo había encontrado una semana atrás.

La ilusión del sueño se desvanecía con cada paso que daba; fui reconociendo algunos elementos del atiborrado sótano, aunque en esta nueva excursión me di cuenta de que era más grande de lo que yo lo recordaba. Llegué finalmente al lugar y, desilusionado, constaté que Ácrata no estaba.

Regresé a mi habitación y me dejé caer sobre la cama; me sentía cansado y molesto; me había desvelado en vano. Pasé una noche inquieta; soñé que me quitaban la beca de la Universidad y que tenía que regresar a mi pueblo —ya que mi padre no estaba en posibilidad de costearme los estudios—, me veía en el tren de regreso a casa escogiendo las palabras que usaría para darle la mala noticia a mi viejo, pero el expreso nunca arribaba a su destino. Todo consistía en ese momento de angustia, viajando mientras mi alma se iba corroyendo por la vergüenza.

La semana siguiente fue de exámenes en la facultad, por lo que no tuve tiempo siquiera para escribir a mis padres. Ellos no sabían leer, pero mi primo Pedro iba cada semana a descifrarles aquellos trazos caóticos que formaban palabras y que mi madre observaba detenidamente tratando de intuir mi estado de ánimo al momento de escribirlos. Mi padre, por su parte, estaba orgulloso de que su hijo hubiese sido el primer habitante del pueblo en estudiar en una Universidad; él no entendía mucho de las cosas que brincaban las fronteras del campo, pero algo dentro de él le presagiaba que yo llevaría una vida mejor de la que hubiese obtenido trabajando con el arado.

El lunes era mi día favorito ya que por la tarde debía encargarme de la biblioteca. Esto me daba la oportunidad de adelantar en mis trabajos o leer algún libro cuando no había mucha gente demandando servicios. En una de esas tardes de lunes en las que ni una sola alma moraba el edificio, me sorprendió Francisco —otro becario— leyendo un libro de Dickens; venía a relevarme: el director quería verme.

En esos años pensaba que el director me veía como a un ser extraño y que me usaba —para estirarse el cuello en sus reuniones con intelectuales— como ejemplo de que era posible urbanizar y cultivar el intelecto de la población rural, lo cual después supe, no era cierto.
—Hola, Ricardo. Pasa por favor, toma asiento.
—Gracias, señor, con su permiso. —Me sentía incómodo, nunca había entrado en la dirección.
—Ricardo. —A diferencia de los demás profesores al director no le gustaban los rodeos—. Te he seguido de cerca desde el primer día que llegaste. Tu desempeño como alumno, tanto como becario, han sido impecables. —Hablaba con una cadencia perfecta; no era el canturreo falso de los políticos, sino la seguridad de una persona que sabe lo que está diciendo.
—Gracias, señor.
—No me agradezcas, hijo, solo estoy reconociendo tu labor. —Abrió uno de sus cajones y extrajo un paquete que depositó sobre el escritorio frente a mí—. Me complace ser la persona que te de la buena noticia de que ya no serás becario; ayer pasó a visitarme tu tío y pagó todo lo que resta de tu educación; título incluido.
—¿Mi tío, señor? —Me sentía confundido; a pesar de que mis padres tenían más de diez hermanos cada uno, ni apoyándome entre todos habrían sido capaces de reunir semejante cantidad de dinero.
—Así es, Ricardo. Toma el paquete; me pidió tu tío que te lo entregara personalmente. —Se levantó para darme la mano—. Sigue así, muchacho, estoy seguro de que llegarás lejos.

Esperé a estar solo en mi habitación para abrir el sobre. Contenía un documento que avalaba el pago total de los tres años de colegiatura que me restaban —gastos de titulación incluidos—, una cuenta de ahorros en el banco de la ciudad y una carta:

Estimado Ricardo:

Antes que nada, quiero ofrecerte una disculpa por no haberme presentado a la cita que teníamos programada hace un par de semanas. Por razones que no podré explicarte, por tu seguridad y la de otras personas, preferí no acudir.
Espero que no me tomes a mal que haya cubierto, en su totalidad, el importe de tus estudios. Considero que un joven de tu edad debe tener tiempo libre para vivir la vida; además, las dos cosas que me has devuelto son infinitamente más valiosas; tanto, que ninguna persona que destine su vida a llenar cofres con monedas podría comprender.
Primero, me has devuelto la vida que había perdido hace años; y segundo, y más importante, me hiciste creer de nuevo. Creer que hay gente que actúa desinteresadamente, creer que no vale la pena arrastrar los sinsabores del pasado, creer que personas como tú pueden hacer la diferencia. Ahora que te he conocido me arrepiento de muchas cosas que he escrito, me doy cuenta de que pude haber envenenado la mente de muchos jóvenes con ojeriza, hostilidad, agresión. Pero no hay nada que pueda hacer ahora para remediarlo. Por eso partiré a otro de mis viajes, la diferencia es que de éste, no volveré nunca más.
No te puedo obligar pero considero importante que evites averiguar quién soy o quienes son las personas que me ayudaban. He abierto una cuenta bancaria a tu nombre con suficiente dinero para que puedas pagar el alquiler de la pensión por los años que te restan de estudios, y un poco más; estoy contando con que al menos hagas un doctorado.
Me despido de ti, querido amigo, deseándote éxito y felicidad; yo por mi parte guardo una deuda de gratitud que nunca podré pagarte.

Afectuosamente:
Ácrata

Cuando terminé de leer me quedé estupefacto. La madrugada había reclamado la ciudad y una neblina clara se arrastraba por las calles reflejando la luz de la luna en todas direcciones; apenas se divisaban los landós y carruajes, inmóviles, como si los hubiesen abandonado en la calle. Lo único que se percibía con vida era la luz del sereno que se deslizaba por la bruma como una luciérnaga solitaria.

Bajé de nuevo al sótano; la lógica me decía que Ácrata debía entrar y salir por allí; no podía haber otra explicación. Exploré con calma el lugar, poniendo especial atención en el piso y las paredes, hasta que vi una vieja estufa pequeña y herrumbrosa que estaba encajada en los ladrillos de la atestada covacha; a simple vista se veía como algo normal, pero ¿por qué estaba empotrada en la pared? Con cuidado y algo de dificultad logré apartarla. Me sorprendió la estrechez de la cavidad; tuve que arrastrarme para poder entrar al pasaje, pero una vez dentro, pude desplazarme de pie con facilidad.

Avancé lentamente por la cueva; la luz de la candileja me iba revelando a cada paso un corredor serpenteante de paredes rocosas burdamente cinceladas. La caverna debía contar con varios respiraderos, ya que sentía el roce de un soplo relente de aire fresco; la temperatura era agradable y el aroma a tierra y yerba mojada apenas se percibían. Me sentí como el profesor Linderbrock en su expedición al centro de la tierra.

Al cabo de caminar alrededor de quince minutos —me sería imposible precisar la distancia que recorrí—, llegué a una bifurcación. Observé con detenimiento el suelo de ambos caminos y continué por el que parecía estar más allanado por las pisadas. Esta segunda sección era más amplia y pude desplazarme a mayor velocidad; la brújula indicaba que me dirigía al sureste; calculé que debía encontrarme entre las calles de Vicente Guerrero e Ignacio Zaragoza, pero pronto disiparía la duda.

Me sobresalté al llegar a una gran bóveda; sin duda, el lugar donde vivió durante años Ácrata. Observé pasmado la altura que alcanzaba, debió ser de al menos dos pisos; con eso confirmé la sensación de descenso que había experimentado durante todo el trayecto. Al entrar la luz de la lámpara se intensificó debido a que todas las paredes estaban encaladas. Distinguí un candil en la entrada de la estancia; mismo que encendí al igual otros cuatro que se encontraban en puntos estratégicos de la cueva. Al final aquella cámara subterránea se veía majestuosa, como una ermita tragada por la tierra.

El decorado era modesto: la cama, una pequeña mesa con un taburete a manera de silla, algunos muebles aquí y allá, un gran escritorio al centro y una cantidad inconmensurable de libros salpicados sin un orden aparente por todos los rincones. Había sectores del socavón en los que incluso los libros apilados formaban pasillos y otros en los que no había otra opción más que escalar sobre ellos para llegar a otra sección. Recibí con agrado el aroma tan familiar a tinta, papel y pegamento de encuadernación.

Por último, encendí la lámpara que se encontraba sobre el espacioso escritorio de Ácrata. Identifiqué unos anteojos de lectura, dos máquinas de escribir Underwood que antaño habían visto sus mejores tiempos, borradores inconclusos con rimas coléricas y provocadoras, periódicos recientes, algunas plumas estilográficas, varios dibujos entre otras cosas; pero lo que acaparó mi atención fue un antiguo mapa de la ciudad en el cual estaban marcados diferentes túneles —diez en total— que atravesaban sus entrañas: de la esquina de las calles Madero y Díaz de León —donde se encuentra la casa de huéspedes— parte un conducto que se abre en dos brazos en la esquina de Iturbide y 5 de Mayo. La guarida de Ácrata yace tres cuadras al sur —5 de Mayo y Galeana— y continúa hasta La Alameda. La mayoría de los túneles están conectados en diferentes puntos. Otros lugares donde inician túneles son: Melchor Ocampo e Independencia, Arista y Miguel Hidalgo, Manuel José Othón y José María Morelos y Pavón, entre otros. Sobre el mapa había una pequeña nota:

Ya que has descubierto el túnel no te será difícil averiguar quién soy. Hay muchas cosas que no pude llevarme y otras tantas que ya no me interesan, estás en libertad de conservar lo que quieras, querido amigo.
Ácrata

Fueron muchas las horas que pasé en ese recinto. La colección de Ácrata era más extensa e interesante a la que tenía acceso en la Universidad. Conforme pasó el tiempo fui remodelando el refugio secreto; construí estantes y libreros para clasificar aquel océano de libros, tarea que me llevó más de tres años. También leí y clasifiqué los artículos que escribió, con diferentes seudónimos, mi benefactor; lo que me permitió conocer su parte oscura. Fue solo cuestión de tiempo indagar quién era Ácrata en realidad, y quiénes los que le servían de contacto con el mundo exterior. El primero en aparecer fue el director de la facultad; desde el día en que me entregó el sobre, me saludaba con una sonrisa cómplice. Aunque nunca hablamos al respecto; pasábamos de largo en los pasillos como dos extraños.

Ácrata formó parte de un movimiento político en nuestro país. En aquel entonces, su partido había logrado mermar la popularidad del gobierno en turno, lo que desencadenó en una casería de brujas en su contra. Algunos de sus amigos fueron asesinados, otros tuvieron la fortuna de exiliarse a tiempo, un par de ellos juró lealtad al partido gobernante y fueron marginados en puestos públicos nada codiciados; Ácrata se quedó. De joven fue un soñador; todo lo que hizo hasta ese día había estado enfocado a mejorar el país que tanto amó; no se casó ni tuvo hijos, intentó llegar al poder para tener la oportunidad de arreglar todo lo que consideraba que retrasaba el progreso y el bienestar de su gente. No fue hasta que empezaron a desaparecer sus allegados que se dio cuenta de lo ingenuo que había sido. Sin embargo, su orgullo y terquedad le impidieron dejar su ciudad; no podía aceptar el hecho de tener que vivir en otro lugar porque así lo había decidido un grupo de personas, por lo tanto, se confinó a los túneles.

La casa de huéspedes fue su hogar hasta el día en que el estado la expropió y posteriormente la malbarató como sí se tratase de una propiedad embrujada que nadie quiere comprar. No estoy seguro todavía de quién construyó los túneles, pero es obvio que ya existían anteriormente ya que su construcción debió llevar varios años; lo que sí puedo asegurar es que no son los mismos que conectan subterráneamente a los templos. Ácrata se encargó de cerrar con sus propias manos todos los accesos menos dos: el que está en el sótano de su casa y el de La Alameda.

¿Cómo es que Ácrata sobrevivió tanto tiempo morando en los túneles? La verdad es que no permanecía allí todo el tiempo, aunque sí la mayoría de él. Aquí es donde entran en juego las personas que lo conocían y lo ayudaban y que fueron su contacto con el mundo exterior. En los túneles se dedicó a arremeter con furia contra el sistema político del país; escribió con varios seudónimos artículos para diversos periódicos, libros, folletines, discursos contra políticos opositores, etc. Esto le redituó mucho más dinero del que nunca imaginó y del que jamás le interesó tener. Es increíble cómo se puede generar tanta riqueza a partir del odio.

Eventualmente, cuando se sentía cansado de destilar tanta ira, salía en la madrugada por el túnel de La Alameda, cruzaba la calle hacia la estación ferroviaria, y se iba de viaje a cualquier lugar de México. A veces se ausentaba por uno o dos meses, pero había viajes que se alargaban hasta un año; sin embargo, siempre le regresaba el sentimiento de hostilidad y tenía que volver a su huesa para seguir escribiendo.

Un año antes de terminar mi primer doctorado falleció doña Delfina. La pobre sucumbió a una extraña enfermedad que la fue apagando poco a poco. En su último año de vida ya era incapaz de llevar las riendas de la casa; además yo era el único inquilino restante. Le contraté una enfermera y una sirvienta, quienes le permitieron, al menos en sus últimos meses, descansar tranquila. La señora Delfina, a quien consideré mi segunda madre, tenía una hija que vivía en Querétaro, pero que, por alguna razón que nunca me atreví a preguntar, no quería saber nada de San Luis Potosí; así que, a la muerte de mi casera, con el «poco más» de dinero que me dejó Ácrata, compré la casa a su hija. Sin importar qué argumentos esgrima, nunca he sido capaz de convencer a mis padres de venir a vivir a la ciudad; los entiendo, es difícil arrancar raíces tan profundas.

Por lo que a mí respecta sigo esperando el regreso de Ácrata. No sé si vive aún o en qué lugar se encuentre; nunca intenté rastrearlo. Lo menos que puedo hacer es respetar su voluntad. Espero siempre a mi amigo por si algún día regresa en esta, su casa, y en esta, su ciudad, en la que ya no tiene nada qué temer ni de quién esconderse.


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