5 de septiembre de 2015

¿Por qué no había leído Drácula?

Cada libro tiene su tiempo, su oportunidad, y deben conjugarse una infinidad de factores para que leamos un volumen en particular. Agreguemos otra variable: no importa lo rápido que leamos, siempre quedarán libros en una eterna lista de espera. Podríamos leer un libro diario durante cincuenta años y, aun así, apenas rascaríamos la superficie de lo que tiene la literatura para ofrecernos.

Gracias a esta limitación debemos crear nuestros criterios para descartar libros que, de entrada, suponemos no serán de nuestro agrado. A manera de ejemplo: si alguien leyó Los pilares de la tierra de Ken Follet, y no le gustó, sería una terquedad rayana en el masoquismo intentarlo con La catedral del mar de Ildefonso Falcones.

Nací en la segunda mitad del siglo pasado. Antes de aficionarme a la lectura, este libro ya era viejo —se publicó en 1897—. Yo era de las personas —como hay muchas— que identifican al conde Drácula sin haber leído la novela original; por mis manos pasaron varios libros de vampiros, y vi diversas adaptaciones para la televisión y la pantalla grande, suponiendo que todas estaban basadas, en mayor o menor medida, en la novela original. Aún no sabía que incluso la famosa versión de 1931 estelarizada por Bela Lugosi no representa fielmente al personaje que creó Bram Stoker, sino que es más bien una versión comercial y romántica adecuada a los años dorados de industria del celuloide. Craso error. El mío, no el de Hollywood.

Crecí con películas de vampiros hermosos, seductores, intrigantes. Imposible evitarlo. En los años noventa invitabas a salir a una chica y en el cine transmitían Entrevista con el vampiro; ¿cómo sugerirle que había otras diez salas proyectando otra cosa? Años después un amigo organiza una reunión en su casa un domingo por la tarde: «Veremos una peli —te dice—. Te toca comprar los refrescos». ¡Qué bien!, piensas, ya no tendré que ir a visitar a mi tía Joaquina con mis padres. ¿Y qué es lo que encuentras al llegar a la reunión? La película de Crepúsculo. ¡Bah! No está mal; además, todo el mundo dice que es buena... Y la ves. Claro que fue mejor que soportar a la tía Joaquina, pero sientes que algo no te satisface del todo. Hay una piedrita en el zapato que crece cada vez que un vampiro se cruza por tu camino. Llega un punto en el que basta con que alguien mencione el nombre de Lestat o ­Edward Cullen para que salgas por la puerta trasera.

Un día visitas tu librería favorita y, tras apartar la gruesa capa de best sellers que colma las mesas de exhibición, te topas con el fatídico nombre: Drácula. Y no solo eso, sino que en la portada aparece una fotografía de Gary Oldman y Keanu Reeves en su interpretación del filme homónimo de 1992. Vamos, son buenos actores y todo eso, pero ya no más, por favor.

Abandonas el libro para seguir buscando y observas por el rabillo del ojo que un señor lo toma para examinarlo. Eso te distrae. Te desconcentra. Ahora estás atento a sus movimientos mientras finges leer la sinopsis de otras novelas. Debido a que el ejemplar ha sido manoseado por un sinfín de personas que no lo han comprado, ya no tiene el celofán protector. El hombre invierte más tiempo de lo normal con el libro y adviertes que lo abre para leer fragmentos. No lo hace aleatoriamente, es evidente que busca algo en particular. Te las arreglas para observar con mayor detenimiento al sujeto: unos cincuenta y cinco años de edad; el cabello y el perfecto bigote de lápiz totalmente blancos; atuendo sobrio; nariz aguileña y postura erguida: un caballero. Estás intrigado. Supones que no es el tipo de persona que se interesaría en una película de ­vampiros.

Está decidido, le darás otra oportunidad al libro, pero justo cuando lo piensas, el señor se retira con él bajo el brazo. Demasiado tarde. Te lamentas mientras buscas otro ejemplar: edición de bolsillo, tapa dura, lo que sea, pero no encuentras ninguno. Recorres todos los estantes e incluso pides ayuda a un empleado, sin éxito: era el último.

Sales de la librería con las manos vacías y te sientas en los ­escalones de piedra de la fachada. El aire frío te golpea el rostro, es otoño. Las personas grises con sus gabardinas de igual color caminan por la acera, vehículos con los vidrios empañados, el vapor subterráneo escapa por las ­alcantarillas. Buscas en los bolsillos de tu cazadora los cigarrillos. «Iré por un café», piensas, cuando una mano se posa en tu hombro. Es el varón. Te ofrece un paquete que aceptas en silencio; intuyes su contenido. Estás tan desconcertado que ni siquiera le agradeces. «Que lo disfrutes, muchacho», te dice antes de perderse entre la multitud.


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Revista Literaria Prosofagia N.º 13– Septiembre 2011

© 2011, Fernando Castellano Ardiles


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